El whisky de malta añeja resbalaba por la garganta de Esteban Brévenor sin aportar el calor que anhelaba. Cada sorbo era un intento fallido de ahogar los ecos de su conversación con Ricardo y la inquietante revelación de que su hija y su sobrino husmeaban alrededor del nombre que más temía: Alvareda . La mansión, por una noche, le pareció una tumba de mármol y recuerdos podridos, y había huido a la anonimidad de un bar de lujo, donde su poder y su nombre pesaban menos que el hielo en su vaso.
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