La oficina de Ricardo Auravel olía a puro poder: cuero envejecido, madera pulida y el tenue aroma a un whisky caro. Mauricio entró, sintiendo el peso de las miradas de los guardaespaldas que se habían quedado fuera. Su padre estaba de pie frente a su escritorio, con una expresión que pretendía ser serena, pero en la que Mauricio podía detectar una tensión apenas contenida.
—Mauricio —dijo Ricardo, con un tono que sonaba forzadamente cordial—. Gracias por venir.
—No parecía que tuviera mucha o