El pasillo del hospital parecía interminable. Valeria caminaba junto a Clara, cada paso un compás de ansiedad y anhelo. Los guardias apostados fuera de la habitación asintieron con solemnidad al verlas, abriendo la puerta para dejarlas pasar.
Dentro, la luz era tenue. Elías estaba recostado en la cama, más pálido de lo que ella recordaba, con un vendaje en el torso y la mirada perdida en la ventana. Pero cuando su rostro se volvió hacia la puerta, todo el tiempo, toda la angustia, se desvanec