La puerta se cerró detrás de ellos y el sonido del pestillo pareció cortar el último hilo que los mantenía unidos al resto de la casa.
Elías todavía sostenía a Valeria en brazos. Ella tenía las piernas enlazadas alrededor de su cintura y los labios húmedos por los besos que habían intercambiado durante el trayecto hasta la habitación. Sin embargo, él no avanzó hacia la cama. Permaneció quieto, respirando con dificultad, con una mano hundida en su cintura y la otra sosteniéndola por debajo de lo