El teléfono de Valeria comenzó a sonar cuando acababa de colocar a Renato en la cuna. El pequeño se había quedado dormido después de varios minutos de protestas, con una mano cerrada junto al rostro y la boca entreabierta, ajeno a los peligros que continuaban cercando a la familia. Valeria contempló durante un instante la serenidad del bebé antes de mirar la pantalla. El nombre de Mauricio apareció iluminado y algo dentro de ella se contrajo. Desde el atentado, ninguna llamada suya había traído