Mauricio Auravel llevaba más de una hora caminando de un extremo al otro de la habitación.
El teléfono seguía pegado a su oído mientras observaba por la ventana las luces de la ciudad encenderse poco a poco bajo el cielo del atardecer. Desde el piso superior de la clínica, la vista era privilegiada. En otras circunstancias habría sido hermosa.
Aquella noche no veía nada.
Solo frustración.
—¿Cómo que no hay movimiento en ninguna de sus propiedades? —preguntó con voz tensa—. Ricardo no desap