La oficina de Ricardo Auravel era un santuario de poder y orden, pero esa tarde el aire estaba cargado de frustración. Sobre el escritorio de ébano descansaba una copia del testamento de Esteban. Frente a él, su abogado, el señor Villegas, ajustaba sus lentes con gesto grave.
—Es un documento sólido, Ricardo —admitió el letrado—. Esteban blindó las cláusulas de tutela y fideicomiso con mucho cuidado. Argumentar en contra no será fácil. La corte prioriza el bienestar del niño, y el testamento e