La noche se le hizo interminable a Elías. La ansiedad de ver a su madre le robó el sueño, mezclándose con la pesadilla constante de su encierro. Tras el desayuno, esperó en su celda con una paciencia forzada, cada minuto una eternidad. Finalmente, el ruido de la cerradura sonó y el guardia lo llamó.
Ya ni siquiera le molestaban las esposas que le colocaban con rutina. Eran solo un trámite más en el camino hacia un rostro amado. Caminó rápido por los pasillos, su corazón acelerándose al acer