Tres días. Setenta y dos horas que se le habían hecho una eternidad de rutina gris y aislamiento. Desayuno en el comedor bajo miradas hostiles, dos horas de patio donde el cielo parecía una burla encarcelada, regreso a la celda, almuerzo, tareas en la lavandería –habían asignado sus manos de enólogo a lavar uniformes–, otro breve paseo, cena y el encierro final hasta el día siguiente. Los otros reclusos lo observaban, algunos con curiosidad malsana, otros con desprecio, pero hasta ese momento l