Punto de vista de Catalina
Adrián me condujo al interior del yate, su mano cálida y firme entrelazada con la mía. La cubierta estaba iluminada suavemente, con pequeñas luces centelleando alrededor de las barandillas.
Todo parecía mágico, como si hubiera entrado en un mundo distinto, lejos de las preocupaciones y las preguntas que nos habían rondado durante todo el día.
Me guió hasta una pequeña y acogedora zona de asientos en la parte trasera del yate. Había una mesa preparada con velas y una botella de vino enfriándose en una cubitera llena de hielo.
El corazón me dio un vuelco. De verdad había pensado en cada detalle.
—Guau —exhalé, mirando a mi alrededor—. ¿Has hecho todo esto tú?
Adrián sonrió, un poco cohibido.
—Sí. Quería que esta noche fuera especial.
Sentí el pecho encogerse de emoción.
—Es perfecto —dije en voz baja.
Apartó una silla para mí y me senté, aún asimilándolo todo.
El sonido suave de las olas golpeando el casco, la brisa fresca rozándome la piel… todo era increíble