**Elena**
Desperté con la cabeza partiéndose en mil pedazos, la boca como si me hubiera tragado arena y alcohol puro. La habitación daba vueltas. Estaba en mi cama, el pelo húmedo, con una camiseta enorme de Jasper que me llegaba a medio muslo y olía a su jabón y a él. El estómago me daba vueltas solo de moverme.
Me levanté tambaleante, el piso frío bajo los pies descalzos. Salí al pasillo del apartamento nuevo, la luz del mediodía entrando por las ventanas gigantes con vista a Manhattan. La terraza abierta, el viento trayendo ruido de la ciudad.
Jasper estaba en la cocina abierta, de espaldas, removiendo una olla con caldo que ya estaba frío. Camiseta negra ajustada, pantalón de chándal gris, el pelo revuelto, ojeras que le llegaban a la barbilla. El nudillo derecho hinchado y morado.
—¿Qué… qué pasó anoche? —pregunté, tocándome las sienes que latían como tambores.
Él se giró lento. No había rabia en sus ojos. Había decepción pura. Y eso dolía más que cualquier grito.
—¿Quieres la