Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente
Lo primero que siento es una caricia suave en mi cabello.
—Mi niña...
Parpadeo varias veces antes de abrir los ojos por completo. El cuello me duele por la mala postura y mi mejilla sigue apoyada contra el borde de la cama. Entonces los recuerdos regresan de golpe: la gala, el hospital, las lágrimas que no pude contener y la mano de mi abuela entre las mías.
Me incorporo de inmediato.
—¿Abuela?
Ella me observa con una sonrisa débil.
—Buenos días, cariño.
—¿Cuándo despertaste?
—Hace un rato. Estabas tan profundamente dormida que no quise molestarte.
Sigue viéndose frágil, pero hay algo distinto en su rostro. Algo que no veía desde hace semanas.
—¿Cómo te sientes?
—Mucho mejor que tú —responde, entrecerrando los ojos—. Te ves triste, mi niña.
Intento sonreír.
—Solo estoy cansada.
Mi abuela no parece convencida, pero antes de que pueda insistir llaman a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abre y aparece Lucas con dos vasos de café en las manos.
—Buenos días —saluda.
Su mirada pasa de mi abuela a mí y enseguida frunce el ceño.
—Definitivamente tienes cara de pocos amigos.
—Gracias por el cumplido.
—De nada. Me especializo en decir verdades incómodas.
Mi abuela suelta una pequeña risa.
—Ahora entiendo por qué siguen siendo amigos. Llévala a tomar aire. Necesito descansar y ella tiene cara de estar ocultándome algo.
Lucas sonríe.
Nos despedimos de ella y subimos a la azotea del hospital. El viento fresco golpea mi rostro mientras intento reunir el valor que me falta.
—Bueno —dice Lucas apoyándose en la baranda—. Ahora sí. Cuéntame cómo te fue en la entrevista.
Miro el vaso entre mis manos.
—Me contrataron.
Su rostro se ilumina al instante.
—Empiezo el lunes.
—¿Lo ves? Te preocupaste por nada. Ahora podrás recuperarte de todo esto y pagar la operación de tu abuela sin seguir endeudándote.
Siento un nudo en la garganta.
—Lucas... la operación ya se realizó.
La sonrisa desaparece de su rostro.
—¿Qué?
—La adelantaron
—¿Y el pago?
Desvío la mirada hacia la ciudad.
—Ya está pagado.
El silencio dura apenas unos segundos.
—Amaya... ¿de dónde salió tanto dinero?
Aprieto con fuerza el vaso de café.
—Conseguí más que un trabajo en esa entrevista.
—No te entiendo.
Respiro hondo.
—Prométeme que me dejarás terminar antes de sacar conclusiones.
Su expresión se vuelve seria y Lucas da un paso hacia mí.
—¿Qué pasó?
Levanto la vista y, por primera vez desde que firmé aquel contrato, las palabras se sienten reales.
—Me casé.
Su expresión se congela.
—¿Qué acabas de decir?
—Me casé.
—¿Con quién?
Trago saliva.
—Con Fredery Blackwood.
El nombre parece quedarse suspendido entre nosotros.
—Amaya... dime que es una broma.
Niego lentamente con la cabeza y le cuento todo. La llamada del hospital, la urgencia de la cirugía, el dinero imposible de conseguir, la propuesta de Fredery y el acuerdo que acepté cuando me quedé sin opciones.
Lucas guarda silencio unos segundos. Se pasa una mano por el cabello y aparta la mirada hacia la ciudad, como si intentara ordenar todo lo que acaba de escuchar.
—¿Y estás bien con eso?
La pregunta me toma desprevenida. Respiro hondo antes de responder.
—No fue romántico ni fue el futuro que imaginé para mí. Fue una decisión y si tuviera que volver a elegir entre perder a mi abuela o firmar ese contrato... lo haría otra vez.
Lucas me observa durante varios segundos, como si estuviera intentando encontrar a la misma Amaya de siempre detrás de todo aquello.
—Siempre haces lo mismo —murmura al final—. Cargas sola con todo y nunca le das a nadie la oportunidad de ayudarte.
Una sonrisa triste curva mis labios.
—Porque casi nunca hay tiempo para esperar ayuda.
—Eso no significa que tengas que enfrentarlo todo sola.
Bajo la mirada. Durante meses he sido fuerte por obligación, no por elección.
Lucas suspira y niega con la cabeza.
—Solo prométeme algo.
—¿Qué?
—Que, si ese hombre te hace daño, si intenta aprovecharse de ti o te hace sentir menos de lo que vales, me lo dirás.
—Está bien —respondo demasiado rápido.
Lucas arquea una ceja, pero no discute. En lugar de eso, me atrae hacia él y me abraza; permanecemos así unos segundos antes de regresar al interior del hospital. Bajamos en silencio y, cuando las puertas del ascensor se abren:
—Señorita Calderón.
La voz impecable de Marcus me obliga a levantar la cabeza. Está a pocos pasos de nosotros, sosteniendo una caja repleta de carpetas. Su mirada se desliza brevemente entre Lucas y yo, deteniéndose apenas un segundo en la cercanía que estamos compartiendo.
—El señor Blackwood me pidió entregarle esto y solicita que estudie este material antes del lunes. La agenda de esta semana será exigente.
Lucas observa la caja y luego a Marcus.
—¿También le asignó horario para respirar?Marcus apenas ladea el rostro hacia él.
—El señor Blackwood confía en la excelencia y, la excelencia requiere preparación.—¿O control? —replica Lucas, sin disimular el tono.
La temperatura baja varios grados.
Marcus da un paso sutil al frente, no amenazante, pero sí protector.
—Cuido la imagen y los intereses del señor Blackwood y eso incluye asegurar que quienes lo rodean estén a la altura.Lucas sostiene su mirada.
—Amaya no es un proyecto corporativo.—No —responde Marcus con calma fría—. Pero ahora representa a uno.
El golpe es elegante, preciso. Yo quedo en medio, con la caja pesando más de lo que debería.
—Es suficiente —intervengo, antes de que escale—. Tendrá resultados, Marcus.
Él asiente, satisfecho, y se retira sin añadir más.
Lucas me mira como si intentara encontrar en mi rostro a la chica que conocía antes de todo esto.
—Amaya… esto no es normal.
Sé que tiene razón. Pero la normalidad dejó de ser una opción hace tiempo.
—Entonces ayúdame a estar lista —le pido, más firme de lo que me siento.
Ese fin de semana estudio hasta que las letras se superponen frente a mis ojos: Historia corporativa, protocolos, nombres de socios, fechas clave. Repaso cada detalle como si de ello dependiera algo más que un empleo. Lucas se queda conmigo en el hospital, sentado frente a mí con los informes abiertos, haciéndome preguntas, corrigiéndome, obligándome a repetir datos hasta memorizarlos. Me prepara como si fuera a enfrentar el examen más importante de mi vida. Y tal vez lo sea.
El lunes llegamos juntos al edificio. El vidrio y el acero reflejan una versión distinta de mí: traje sobrio, cabello perfectamente arreglado, postura recta. Me veo como una asistente ejecutiva. Me veo… bonita. Segura. Aunque por dentro aún tiemble un poco.
Lucas se detiene antes de la entrada.
—Si decides salir de esto, no estás sola.Lo abrazo con fuerza.
—Lo sé.En ese instante, un automóvil negro de lujo se detiene frente a nosotros, impecable, silencioso, imposible de ignorar.
**FREDERY**
El fin de semana debía ser exactamente lo que siempre es para mí: orden, silencio y control. La agenda estaba despejada, los negocios marchaban según lo previsto y no existía ninguna razón para que algo alterara esa rutina. Sin embargo, el sábado por la mañana Marcus dejó un informe sobre mi escritorio y, por la forma en que permaneció de pie frente a mí, supe que no se trataba de un asunto cualquiera.
—Entregué los documentos a la señora.
—Eso ya lo sé —respondí sin apartar la vista del iPad.
Hubo una breve pausa.
—No estaba sola.
Ese detalle sí consiguió que levantara la mirada.
—Explícate.
—Un hombre la acompañaba… Lucas Mendez.
—¿Relación?
—Amigo de infancia.
Me recosté en la silla mientras procesaba la información. Un mejor amigo, alguien que ya estaba presente antes de que yo apareciera en su vida.
—¿Representa un riesgo? —preguntó Marcus.
Lo observé unos segundos antes de responder.
—Todo lo que se acerque a mi entorno puede convertirse en un riesgo.
Marcus asintió y abandonó el despacho sin añadir nada más. Intenté regresar a observar el IPad, pero la concentración ya no volvió con la misma facilidad. El apellido Méndez es lo que me inquietaba.
Por eso, el lunes llegué a la empresa antes de lo previsto.
Desde el interior del automóvil los vi. Amaya estaba junto a la entrada principal y, frente a ella, un hombre que ocupaba su espacio con demasiada familiaridad. Cuando el vehículo se detuvo, aún seguían despidiéndose.
Bajé sin apresurarme. El sonido de la puerta hizo que ambos giraran.
Ella reaccionó primero.
—Buenos días, señor Blackwood.
—Buenos días —respondí, fijando la vista en él—. Lucas Méndez, ¿correcto?
—Correcto.
—Me informaron que pasaste el fin de semana acompañando a mi esposa en el hospital.
Lucas no pareció intimidarse.
—Sí. Estuve cuidando a su abuela y ayudándola a estudiar. ¿Hay algún problema?
Lo observo unos segundos.
—Mi imagen y la de mi esposa requieren discreción y la discreción empieza por entender cuál es tu lugar.
El silencio que siguió fue breve.
Pero suficiente para que ambos entendieran el mensaje.
—Nos estábamos despidiendo —replica Amaya.
Su voz es firme.
—En un espacio visible. La entrada de mi edificio no es un punto social —añado con calma medida.
—No estoy infringiendo ninguna norma., ella responde.
Casi sonrío.
—Las normas no siempre están escritas —respondo—. La percepción construye reputaciones. Y las reputaciones sostienen imperios.
El silencio se espesa un segundo. Lucas da un paso atrás, evaluando la situación.
—Creo que ya es momento de irme.
—Eso sería prudente —contesto.
Lucas sostuvo mi mirada un instante más antes de despedirse con un simple "nos vemos" dirigido a Amaya. No pasó desapercibido; tampoco el segundo exacto que ella tardó en apartar la vista de él antes de girarse hacia mí.
Entramos al edificio sin decir palabra. En el ascensor, el silencio se volvió más pesado, las puertas se cerraron y el reflejo del espejo nos devolvió una imagen impecable: mi esposa y yo, alineados como si todo estuviera exactamente donde debía estar.
Para dejar claro:
—Tu vida personal no me interesa —dije finalmente—. Solo me interesa que nada interfiera con tu trabajo.
—Mi trabajo no ha fallado.
—La familiaridad genera comentarios.
Ella cruza los brazos.
—¿Hablar con mi mejor amigo ahora es un problema?
—No. Hacerlo frente a la entrada principal de mi empresa sí.
—Lucas es mi amigo desde mucho antes de que usted apareciera en mi vida.
La palabra amigo provocó una molestia absurda que preferí ignorar.
—Entonces mantén esa amistad fuera del perímetro visible de la empresa.
—¿Eso es una orden?
La miré directamente.
—Considéralo una recomendación estratégica.
Las puertas se abrieron en mi piso y avanzamos por el pasillo principal. Todo habría terminado ahí si ella no hubiera decidido lanzar una última provocación.
—¿Algo más que deba modificar para proteger la imagen corporativa, señor Blackwood?
Me detuve de golpe y me giré.
Ella no alcanzó a reaccionar a tiempo.
Chocó suavemente contra mi pecho y sus manos se apoyaron sobre mi saco para recuperar el equilibrio.
Por un instante ninguno se movió.
—No confundas tus acciones solo porque llevas mi apellido —murmuré sin apartar la vista de sus ojos.
Amaya alzó el mentón.
—No lo estoy haciendo.
La seguridad de su voz permaneció intacta.
—¿Usted sí?







