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¿Qué creen que están haciendo?

**FREDERY**

—¿Hasta cuándo seguirás mirándome? ¿O acaso te enamoraste de tu nueva esposa? —pregunta sin girarse, pero alcanzo a notar la curva apenas burlona en sus labios reflejada en la ventana.

Ahí está otra vez. Ese sarcasmo inesperado que no encaja con la mujer desesperada que firmó un contrato conmigo.

—Tranquila —respondo con serenidad —. No acostumbro enamorarme de mujeres que me insultan mentalmente cada cinco minutos.

Ella finalmente gira un poco el rostro hacia mí.

—Entonces debo esforzarme más para seguir insultandote.

Una sonrisa mínima amenaza con aparecer, pero desaparece antes de existir realmente.

El automóvil continúa avanzando y las enormes rejas negras de la mansión Blackwood comienzan a abrirse frente a nosotros.

La mansión genera admiración desde la distancia, mi madre supervisó personalmente gran parte de la decoración y mi hermana convirtió los jardines en una obsesión estética imposible de ignorar.

Amaya guarda silencio mientras el automóvil avanza hacia la entrada principal. Yo tampoco vuelvo a mirarla. Prefiero observar el reflejo de los jardines en el cristal mientras anticipo el escenario que nos espera dentro.

—Recuerda algo —digo finalmente sin girarme hacia ella—. Puedo tolerar muchos defectos… pero jamás toleraré el ridículo.

Ella sostiene mi mirada a través del reflejo del vidrio del automóvil. Noto que parece cansada de que intenten moldearla.

—Te dejo en claro que soy una ex camarera, no una actriz.

La respuesta me arranca una sonrisa mínima. Porque en la familia Blackwood todos saben actuar: Mi madre sonríe mientras juzga. Mi hermana coquetea mientras analiza debilidades y yo… me quedo pensativo y sigo riendo.

El automóvil se detiene suavemente frente a la escalinata principal de la mansión. Thomas abre la puerta con la etiqueta impecable que ha mantenido desde que yo era un adolescente demasiado arrogante para agradecerle.

Bajo primero y después le extiendo la mano. Amaya la observa apenas un segundo; noto el instante exacto en que duda antes de aceptarla finalmente… Sus dedos son cálidos.

Subimos juntos la escalinata y cruzamos las enormes puertas dobles. El vestíbulo nos envuelve de inmediato y el personal ya se encuentra alineado.

—Buenas tardes, señor Blackwood.

Asiento sin disminuir el paso.

El sonido de nuestros pasos se expande por el vestíbulo mientras avanzo hasta el centro exacto de la sala; el mismo lugar donde mi padre solía detenerse cuando quería recordarles a todos quién dominaba el escenario.

Siento a Amaya tensarse apenas a mi lado.

Pero no suelta mi mano.

Eso me agrada más de lo que debería.

—Ya que están todos reunidos… —digo con voz firme— les presentaré a la nueva señora de esta casa.

Varias miradas se elevan con discreta sorpresa.

Giro apenas el rostro hacia ella.

—Ella es Amaya Blackwood.

Hago una pausa breve, suficiente para que el apellido termine de asentarse en la habitación.

—Mi esposa.

Algunos empleados intercambian miradas casi invisibles.

—Thomas —llamo sin elevar la voz y, aun así, el mayordomo aparece de inmediato.

—Señor.

—Asegúrate de que la señora esté lista para el evento de esta noche.

—Por supuesto, señor

Asiento apenas y hago el intento de continuar hacia el despacho, pero noto que Amaya sigue a mi lado sin soltar mi mano. No parece darse cuenta. Está demasiado concentrada observando al personal.

Como si intentara entender qué tan real es este mundo.

Bajo la mirada hacia nuestras manos unidas y luego vuelvo a observarla.

Me acerco apenas a ella, inclinándome lo suficiente para hablar cerca de su oído.

—¿Hasta cuándo seguirás tomándome de la mano? —murmuro cerca de su oído, lo bastante bajo para que solo ella me escuche—. ¿O acaso ya te enamoraste de tu nuevo esposo?

Amaya parpadea y recién entonces baja la mirada. El instante en que descubre que todavía tiene sus dedos entrelazados con los míos provoca un leve sobresalto en su expresión.

Me suelta de inmediato.

—No se haga ilusiones, señor Blackwood —murmura con rapidez, aunque noto el ligero calor que sube a sus mejillas—. Solo estaba distraída.

Una sonrisa mínima amenaza con aparecer en mi rostro.

—Qué decepción. Por un momento pensé que tan pronto iba a recuperar mi inversión.

Ella entrecierra los ojos, claramente debatiéndose entre insultarme o mantener la compostura frente al personal que sigue observándonos con discreción impecable.

Definitivamente quiere insultarme.

Eso me divierte más de lo que debería.

Amaya cruza los brazos lentamente, recuperando parte de su orgullo.

—Lamento arruinar sus sueños financieros.

La observo un segundo más. Hay nervios en ella, sí, pero también una resistencia absurda a dejarse intimidar por este lugar.

Y esa mezcla empieza a resultarme peligrosamente entretenida.

Finalmente doy un paso atrás y acomodo el puño de mi chaqueta.

—Nos vemos en el salón principal a las siete en punto —añado con calma—. Esta vez no llegues tarde.

Ella asiente sin replicar y la observo alejarse junto a Thomas, guiada por los pasillos que todavía no conoce, y yo me dirijo al despacho.

**AMAYA**

Nunca he caminado por un lugar donde el silencio sea tan… elegante.

Mientras avanzo por el pasillo amplio, los retratos familiares nos observan desde las paredes. Generaciones de Blackwood mirándome como si pudieran detectar que soy una intrusa.

—Por aquí, señora Blackwood.

Señora… La palabra cae sobre mis hombros como un abrigo que aún no me pertenece… o me va a quedar demasiado grande.

En la habitación que me asignan ya me esperan dos mujeres. No hacen preguntas, solo dedican a trabajar. Mientras me maquillan, observo el vestido que descansa sobre la cama: seda amarilla profundo, caída impecable, elegante sin esfuerzo. Es el tipo de prenda que jamás habría podido pagar con mi antiguo salario.

—Levante un poco el mentón, señora.

Obedezco.

El cabello recogido estiliza mi cuello; el maquillaje es sutil pero firme. Cuando ellas intercambian una mirada satisfecha, yo apenas me reconozco.

Antes de las siete bajo al salón principal intentando controlar el ritmo de mi respiración y aprieto discretamente mis dedos mientras me obligo a mantener la calma. Puedo hacer esto, me repito una y otra vez, aunque ni yo misma termino de creerlo.

Fredery ya me espera.

Está impecable, como siempre. El traje oscuro se ajusta perfectamente a su cuerpo y su sola presencia basta para dominar el espacio entero. Cuando levanta la mirada hacia mí, sus ojos recorren mi vestido en silencio. No sonríe, pero noto esa leve pausa en su expresión que parece suficiente para él.

—Puntual —murmura.

—Intento sobrevivir a sus estándares, señor Blackwood.

Algo parecido a una sombra de diversión cruza por sus ojos antes de ofrecerme el brazo. Lo acepto y salimos juntos de la mansión.

Durante el trayecto apenas hablamos. Nueva York desfila iluminada al otro lado de la ventana mientras yo intento controlar el temblor de mis manos recordando todo lo que estudié durante dos horas: nombres, protocolos, formas correctas de hablar, de caminar, incluso de sostener una copa. Nunca imaginé que existirían reglas para respirar dentro de ciertos círculos sociales.

Cuando el vehículo finalmente se detiene frente al hotel donde se celebra la gala, siento un nudo formarse en mi estómago. Hay flashes, periodistas, empresarios. Por un segundo me pregunto qué demonios hago aquí.

Por un instante quiero regresar a la mansión. Pero Fredery baja primero y luego me extiende la mano como si no existiera posibilidad de huir.

Apenas cruzamos las puertas del salón principal, siento el peso de las miradas caer sobre mí. Hay personas observándome con curiosidad; como si intentaran descubrir qué hace una desconocida caminando al lado del heredero Blackwood.

Mi respiración se vuelve más lenta cuando siento la mano de Fredery afirmarse apenas sobre la mía.

Pero el gesto evita que me derrumbe.

Él se mueve entre aquel mundo con naturalidad absoluta, saludando empresarios y socios importantes mientras yo intento no parecer fuera de lugar. Finalmente se detiene frente a un grupo de hombres mayores y me acerca un poco más a su lado.

—Les presento a Amaya Calderón —dice con esa seguridad tranquila que hace imposible cuestionarlo—. Me acompaña esta noche.

Asiento, sonrío y repito “encantada” tantas veces que comienzo a sentir la mandíbula rígida. Todos parecen observarme demasiado; algunos con educación genuina, otros con esa curiosidad elegante que analiza sin necesidad de hacer preguntas. Cuando Fredery se aparta unos minutos para hablar con unos socios, me quedo sola sosteniendo una copa de champagne que apenas pruebo, más como escudo que por gusto.

Entonces escucho esa voz.

—Pero qué sorpresa… mire a quién tenemos aquí.

Las reconozco enseguida. Son las mismas mujeres de la entrevista.

—No sabía que el señor Blackwood promovía personal interno —dice la más alta con una dulzura tan falsa que resulta ofensiva.

Sostengo su mirada sin permitir que noten mi incomodidad.

—La vida está llena de decisiones inesperadas.

Una de ellas ríe bajo.

—Algunas personas tienen mucha suerte.

La tercera me observa de arriba abajo antes de hablar.

—Imagino que te va bien como asistente. Cuando las cosas se consiguen deprisa… no hay mucho que esforzarse para trepar.

El comentario no es inocente; es una sentencia disfrazada de cortesía.

—El mérito no siempre es visible —respondo, sosteniendo la calma, aunque sé que eso las irrita más que cualquier ataque.

La primera se acerca un paso, invadiendo mi espacio con su perfume costoso.

—Oh, querida… en nuestro mundo todo es visible.

Entonces sucede. Un tropiezo demasiado exacto para ser casual y siento el golpe en mi brazo, la copa inclinándose, el líquido frío deslizándose por mi vestido mientras un murmullo se expande alrededor como si alguien hubiera dado la señal.

—¡Qué torpeza! —exclama con una preocupación impecablemente actuada.

Miro la mancha extenderse sobre la seda, oscura y evidente, imposible de ignorar.

—Lo siento muchísimo —dice una de ellas, sin una sola nota de arrepentimiento en la voz—. Estos vestidos delicados no están hechos para cualquiera.

Algunas personas alrededor disfrutan el espectáculo en silencio. Peo nadie interviene.

La más baja se acerca hasta casi rozar mi oído.

—Espero que no confundas contrato con permanencia —susurra—. Aquí todo tiene fecha de caducidad… maldita camarera de pacotilla.

Siento cómo mi pulso se acelera, pero no es vergüenza lo que me invade. Es una rabia contenida.

Levanto la mirada y la sostengo sin titubear.

—Gracias por la advertencia —respondo con firmeza.

—No es advertencia —dice la tercera mientras “acomoda” mi vestido sin permiso, extendiendo más la mancha—. Es consejo. Que ahora seas la asistente del CEO más poderoso de New York no borra tu origen pobre.

Ellas sonríen como si acabaran de colocarme en el sitio que creen que me corresponde.

Un movimiento sutil, una de ellas empuja la mesa lateral. Mi codo roza una bandeja de postres y, en cuestión de segundos, la seda queda marcada también por crema y azúcar. El tintinear de las copas se mezcla con un murmullo creciente. El espectáculo ya está completo.

—Ten cuidado —añade una con compasión fingida—.

Las observo despacio, una por una, dejando que el silencio se estire hasta volverse incómodo… Busco a Fredery entre la multitud. Pero no lo veo y en ese instante comprendo que estoy sola.

La más alta se inclina hacia mí otra vez.

—Deberías agradecer que alguien como él, contratara a una camarera sin experiencia.

Estoy a punto de responder, cuando una presencia se detiene detrás del pequeño círculo que han formado a mi alrededor y entonces su voz se impone, firme, serena y con esa autoridad que no necesita elevarse para dominar un salón entero:

—¿Qué creen que están haciendo?

Y cuando ellas giran lentamente y descubren quién está allí, el aire cambia.

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