Me resulta familiar

**FREDERY**

Salgo de la habitación y cierro la puerta con suavidad detrás de mí. El pasillo recupera el silencio, pero mi mente no corre con la misma suerte. La imagen de Amaya aferrándose a mí sigue demasiado presente; su respiración acelerada, La fuerza con la que se sujetó a mi cuello, la expresión de alivio que apareció en su rostro apenas comprendió que estaba a salvo.

Exhalo despacio y continúo avanzando por el corredor, decidido a dejar atrás aquella escena. Sin embargo, unos metros más adelante me detengo. Una fina línea de luz se escapa por debajo de una puerta.

Niego con la cabeza, Zoe sigue despierta. Debería haberlo imaginado… Mi hermana es incapaz de irse a dormir cuando tiene algo pendiente conmigo.

Me acerco y entro sin tocar. La encuentro recostada sobre la cama, con los brazos cruzados y una expresión que intenta parecer ofendida. Apenas me ve, hace una mueca exagerada y gira el rostro hacia el lado contrario.

—Estoy molesta contigo.

—Zoe.

Ella suspira de forma exagerada, pero termina sonriendo.

—Así que al final te casaste.

Me dejo caer sobre el borde de la cama.

—No pareces muy feliz por mi matrimonio.

—No.

La respuesta llega tan rápido que me hace arquear una ceja.

Ella guarda silencio apenas un segundo.

—Sí.

La contradicción me arranca una breve risa por la nariz.

Zoe se incorpora un poco y acomoda una almohada detrás de su espalda. La expresión juguetona desaparece lentamente, sustituida por una sinceridad que aparece pocas veces, pero que siempre termina siendo imposible ignorar.

—Hablando en serio... me pasé un poco con tu asistente.

Arqueo una ceja.

—¿Un poco? Fue bastante. Y vas a disculparte. Sobre todo, deja de llamarla mi asistente. Es mi esposa y tu cuñada.

Zoe hace una mueca, aunque esta vez no intenta discutir.

—Ya lo haré.

La observo durante unos segundos.

—De verdad.

Ella rueda los ojos hacia el techo.

—Está bien, está bien. Lo haré.

La conversación parece terminar ahí, pero ella no vuelve a sus bromas habituales. Permanece en silencio, pensativa. Es un cambio tan inusual que termina llamando mi atención. La veo acomodarse entre las almohadas mientras me estudia con un interés que no me gusta demasiado.

—¿Qué?

—Nada.

—Te conozco.

Una sonrisa sospechosa aparece en sus labios.

—¿Qué quieres saber?

Zoe inclina ligeramente la cabeza, observándome como si estuviera intentando resolver un acertijo.

—Te gusta esa chica, ¿verdad? Por eso te casaste con ella.

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

Debería ser sencillo responder con un no. Después de todo, conozco perfectamente los motivos detrás de este matrimonio.

Sin embargo, las palabras no salen de inmediato. Veo la expectativa en el rostro de Zoe, esperando una respuesta que yo mismo debería tener clara.

—Es eficiente.

Ella pone los ojos en blanco.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Es...

—Fredery.

—¿Qué?

Zoe cruza los brazos sobre el pecho y me dedica una mirada que conozco demasiado bien. Es la misma que utilizaba de niña cuando sabía que estaba evitando una respuesta.

—Te pregunté si te gusta.

La observo en silencio durante un instante y sin querer, mi mente vuelve al rostro de Amaya y a la forma en que vendió su dignidad para salvar a su abuela sin importarle quién estuviera delante. A la serenidad con la que enfrentó a aquellas mujeres durante la gala. A la seguridad con la que me corrigió en plena reunión.

—Es una buena persona.

La sonrisa que aparece en el rostro de Zoe es inmediata y peligrosa.

—¡Lo sabía, ella te gusta!

—No es así.

—Claro que sí. Te tomó siglos responder.

—Porque tu pregunta es absurda.

—No. Mi pregunta fue normal pero tu respuesta fue sincera.

Me paso una mano por la nuca, empezando a arrepentirme de esta conversación.

—Solo dije que es una buena persona.

—Exacto.

—¿Y?

—Y tú jamás dices eso de nadie.

La observo con incredulidad.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido del mundo. Normalmente dices que alguien es competente, útil o eficiente. Pero buena persona... eso es diferente.

Intento responder, pero no encuentro un argumento inmediato.

Zoe sonríe todavía más. Como si acabara de ganar una batalla.

—Sabes qué es lo más interesante.

—No.

—Que ni siquiera has mencionado si es bonita.

Frunzo el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Muchísimo. Porque significa que lo primero que te llamó la atención no fue cómo se ve, sino quién es.

Niego con la cabeza, dispuesto a terminar aquella conversación antes de que siga avanzando por caminos absurdos.

Pero Zoe ya está demasiado entretenida con sus propias teorías.

—Ahora que lo pienso... hay algo en ella que me resulta familiar. ¿Dónde he visto ese rostro?

Entrecierra los ojos mientras me observa y luego sonríe de golpe.

—Se parece un poco a...

—No.

La interrumpo tan rápido que incluso ella se sobresalta.

Durante unos segundos me mira en silencio.

—Vaya.

—No sigas.

—Ni siquiera terminé la frase.

—Y no hace falta que lo hagas.

Zoe levanta las manos en señal de rendición, aunque la diversión sigue brillando en sus ojos.

Exhalo lentamente.

—Vete a dormir, Zoe.

La sonrisa desaparece poco a poco de su rostro. Cuando vuelve a hablar, su voz es más baja.

—Fredery...

La miro.

—Solo quiero que seas feliz.

Las palabras me toman por sorpresa.

Porque ya no está bromeando.

—Solo no quiero volver a verte como hace cinco años.

El silencio cae de golpe sobre la habitación.

Mi mirada termina desviándose hacia la ventana.

—No va a ocurrir.

—No te creo.

Aprieto la mandíbula.

—Ahora es diferente.

—¿Por qué?

Porque sé exactamente qué representa este matrimonio.

Ella me observa durante unos segundos.

—¿Estás seguro de que no va a repetirse?

Sostengo su mirada.

—Sí.

—¿Promesa?

Asiento.

Por primera vez desde que entré en la habitación, sus hombros parecen relajarse.

—Bien.

—Ahora duerme.

—Sí, señor gruñón.

Me pongo de pie.

—Y discúlpate con Amaya.

Zoe deja escapar un suspiro exagerado.

—Ya entendí y fuera de mi habitación.

Una sonrisa aparece en mis labios mientras camino hacia la puerta. Salgo de la habitación y la cierro detrás de mí con suavidad. El pasillo vuelve a quedar en silencio, pero sé que no voy a dormir.

Quizá porque la conversación con Zoe removió recuerdos que preferiría mantener enterrados. Entro al despacho y me siento detrás del escritorio. Intento concentrarme en varios informes, pero mi mente regresa una y otra vez al mismo lugar… a la misma persona que juré olvidar.

Cuando vuelvo a mirar el reloj ya son casi las cuatro de la mañana y he avanzado menos trabajo del que normalmente terminaría en una hora.

Eso me irrita, porque significa que estoy distraído.

********

La mañana llega más rápido de lo que esperaba. Bajo al comedor antes de lo habitual, convencido de que seré el primero en llegar.

Me equivoco.

Mi madre ya está allí y Amaya también.

Las encuentro sentadas frente a frente, cada una con una taza de café entre las manos. La conversación fluye con naturalidad, acompañada por pequeñas sonrisas que aparecen sin esfuerzo. Me detengo un instante en la entrada.

Porque no es Amaya quien llama mi atención.

Es mi madre.

Durante años la vi cargar heridas que jamás mostró del todo. Por eso verla sonreír con tanta sinceridad resulta tan inesperado... Está feliz.

Mi madre levanta la vista al notar mi presencia.

—Buenos días.

—Buenos días mamá.

Amaya también me observa.

—Buenos días, señor Blackwood.

Mi madre parpadea y su mirada pasa de ella a mí con evidente sorpresa.

—¿Señor Blackwood? —pregunta mi madre con diversión.

Amaya parece comprenderlo al instante porque una leve expresión de incomodidad cruza su rostro.

—Lo siento —se apresura a decir—. Es la costumbre. Ya que la mayor parte del tiempo estamos en la oficina y allí sigue siendo mi jefe.

Mi madre termina soltando una pequeña carcajada.

—Supongo que les falta más tiempo juntos como pareja para cambiar esa costumbre.

Tomo asiento frente a ellas mientras un empleado sirve café.

—¿De qué hablan?

—De la fundación —responde mi madre.

La observo.

—¿Y?

Su sonrisa se amplía de inmediato.

—Amaya quiere colaborar.

Desvío la mirada hacia Amaya.

Ella sostiene mis ojos con tranquilidad.

—Selena me estaba explicando algunos de los proyectos que apoyan. Me pareció una buena iniciativa.

La satisfacción en el rostro de mi madre es imposible de ignorar.

—Y pensé que podría participar.

Mantengo el silencio unos segundos antes de responder.

—Está bien. Son actividades en las que deberías empezar a involucrarte como mi esposa. Solo asegúrate de que no interfieran con el trabajo de la oficina.

Amaya asiente.

—No lo hará.

Mi madre sonríe de inmediato, como si hubiera estado esperando exactamente esa respuesta.

—¿Ves? Te dije que lo aprobaría.

La risa de mi madre llena el comedor y, por un instante, todo parece extrañamente sencillo. Amaya intenta ocultar una sonrisa detrás de la taza de café, pero alcanzo a notarla. Es apenas un gesto fugaz, casi imperceptible, y aun así llama mi atención más de lo que debería.

La llegada de Zoe interrumpe cualquier comentario.

Mi hermana entra al comedor con una expresión extraña. No parece adormilada ni viene preparada para soltar alguna de sus bromas habituales, lo cual ya de por sí resulta sospechoso. Toma asiento frente a Amaya y permanece unos segundos en silencio, como si por una vez estuviera midiendo las palabras antes de hablar.

Finalmente suspira.

—Supongo que ayer me excedí un poco. Lo siento mucho.

Amaya parpadea, claramente sorprendida.

—No es necesario.

—Sí lo es. De verdad lo siento.

Por primera vez, Zoe no suena irónica ni desafiante. Hay algo genuino en su voz que incluso a mí me resulta poco habitual.

Amaya la observa unos segundos antes de asentir con calma.

—Está bien.

La tensión en los hombros de mi hermana cede apenas un poco.

—Gracias.

—Solo no lastimes a mi hermano.

Cierro los ojos un instante.

—Zoe.

Ella levanta ambas manos en señal de rendición.

—No dije nada malo.

Mi madre parece satisfecha con la escena. Amaya continúa mirando a Zoe con una mezcla de desconcierto y comprensión, como si aún intentara descifrar el tipo de persona que es mi hermana.

El teléfono de Zoe vibra sobre la mesa.

Lo toma sin darle importancia mientras alcanza una tostada, pero en cuanto lee el mensaje se queda completamente inmóvil. La expresión ligera que tenía desaparece de golpe, sustituida por algo que no le he visto muchas veces.

—Oh por Dios… no puede ser.

El cambio es tan abrupto que todos levantamos la vista al mismo tiempo.

—¿Qué ocurre? —pregunta mi madre.

Zoe tarda unos segundos en responder, demasiado quieta, como si estuviera procesando algo que no encaja.

—Victoria regresará a Nueva York el próximo mes.

El nombre cae sobre la mesa como una piedra.

Mi madre deja lentamente la taza sobre el plato.

Yo dejo de mover los cubiertos.

Y algo dentro de mí, algo que creía enterrado desde hace años, vuelve a tensarse con una precisión incómoda.

El ambiente cambia por completo.

El silencio que sigue es denso, casi insoportable.

Percibo entonces el movimiento de Amaya. La veo pasar la mirada por cada uno de nosotros, intentando descifrar por qué una sola frase ha sido suficiente para congelar la mesa entera.

Sus labios se entreabren, dudando y entonces pregunta:

—¿Quién es Victoria?

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP