El primer acercamiento

**AMAYA**

Salgo de la ducha con el camisón pegado a la piel y el cabello húmedo deslizándose por mi espalda, todavía envuelta en el vapor y en los pensamientos que no me han dado tregua desde la discusión. Intento concentrarme en algo simple, en el movimiento de la toalla sobre mi pelo, cuando al levantar la vista veo una sombra reflejada en el ventanal.

Mi corazón se dispara.

Antes de que pueda convencerme de que estoy exagerando, retrocedo y choco contra la pequeña mesa. El jarrón cae y se rompe contra el suelo con un estruendo seco. El grito se me escapa sin permiso, más por los nervios acumulados que por el ruido.

Minutos después —o quizá segundos, el tiempo pierde forma— la puerta se abre con un movimiento firme.

Mi cuerpo decide antes que mi mente y recorro la distancia que nos separa y me aferro a él como si fuera la única superficie estable en medio de un temblor. Mis brazos se cierran alrededor de su cuello; mis piernas, todavía inestables, se sujetan a su cintura en un impulso que no pasa por la razón.

Siento el impacto de mi movimiento en su cuerpo. Se tensa apenas, sorprendido por la intensidad, pero no retrocede.

Sus manos reaccionan por instinto, firmes en mi espalda, sosteniéndome con una seguridad que no pide permiso.

El calor de su pecho atraviesa la tela fina de mi camisón. Su respiración roza mi cuello, más profunda de lo habitual, menos controlada.

Como si hubiera corrido y como si hubiera temido llegar tarde.

—Amaya —murmura.

Mi nombre suena distinto cuando lo dice así. Más bajo; más cerca

No soy consciente de la distancia —o de la ausencia de ella— hasta que su voz vibra directamente contra mi piel. Siento el roce de su aliento en mi cuello y un escalofrío lento me recorre la espalda. Sus dedos ascienden apenas, deslizándose con cautela para sostenerme mejor, como si temiera que pudiera romperme…

Mi respiración todavía no encuentra ritmo. Mis manos siguen aferradas a su cuello, pero ya no por miedo.

—¿Estás bien? —pregunta en voz baja, tan cerca que la pregunta parece un secreto compartido—. ¿Qué pasó?

Tardo un segundo en responder. No porque no tenga la respuesta, sino porque separarme lo suficiente para hablar implicaría romper este equilibrio extraño.

Sigo aferrada a él cuando inclino el rostro hacia su oído.

—Hay un fantasma en la ventana —susurro.

La confesión suena absurda incluso para mí, pero no me suelto.

Él no se ríe.

Se aparta apenas lo suficiente para mirarme. Sus ojos buscan los míos, luego el ventanal detrás de mí, luego vuelven a mí. Se quedan ahí unos segundos que se alargan más de lo necesario.

Y justo cuando el silencio empieza a volverse algo más que incomodidad, cuando su mirada desciende un segundo hacia mis labios y vuelve a subir con una intensidad nueva—

Entonces, la puerta vuelve a abrirse.

La voz de su madre atraviesa la habitación y rompe lo que quedaba de intimidad.

—¿Qué sucede?

Me separo de golpe, bajando al suelo con más torpeza de la que me gustaría admitir. Mis pies descalzos casi pisan los restos del jarrón. El aire, que hace un segundo era cálido y compartido, ahora parece demasiado delgado para respirar con normalidad.

Fredery da un paso atrás y la transformación es inmediata.

Donde hace un instante había tensión y algo peligrosamente cercano a la vulnerabilidad, ahora solo queda compostura. Su expresión vuelve a ser impecable, neutral e intocable. Como si el hombre que me sostuvo contra su pecho nunca hubiera existido.

—Nada importante —responde con firmeza medida—. Solo un pequeño susto.

Pequeño. Trago saliva, todavía consciente del latido desbocado en mis oídos.

—¿A quién se le ocurre colocar un disfraz de fantasma en el ventanal? —añade, dirigiendo una mirada calculada hacia el vidrio.

Es entonces cuando la veo.

Zoe aparece detrás de su madre, observando la escena con una sonrisa apenas contenida, demasiado satisfecha para ser inocente.

—Vaya dramatismo —dice con ligereza—. Ya estamos cerca de Halloween.

Siento cómo la vergüenza me sube por el cuello y se instala en mis mejillas. Estoy en camisón, despeinada, con los restos de un jarrón roto a mis pies y el recuerdo de haber estado aferrada a Fredery como si el mundo se acabara.

Antes de que pueda articular una defensa, él interviene.

—Zoe.

Hay algo en la forma en que pronuncia su nombre que corta cualquier intento de reclamo. Una advertencia limpia, elegante.

Ella levanta las manos, teatral.

—Yo no tuve nada que ver… —dice, inclinando la cabeza con falsa inocencia—. O tal vez sí y en su sonrisa hay una chispa que me confirma que esto no fue casualidad.

Fue una jugada y yo acabo de caer en ella.

—Solo fue una decoración que puse esta tarde —dice Zoe, avanzando un paso hacia el ventanal como si inspeccionara su propia obra—. No pensé que tu asistente se asustaría por tan poco.

“Tu asistente”.

Lo dice con una ligereza, como si esa fuera toda mi identidad en esta casa. Intenta disimular la sonrisa, pero la comisura de sus labios la traiciona.

Ahí está la intención.

Fredery inhala despacio. Lo veo hacerlo; es un gesto casi imperceptible, pero suficiente para saber que está midiendo cada palabra antes de soltarla.

—Las bromas tienen límites… Zoe

Su tono es bajo, controlado y, sin embargo, el aire cambia.

Zoe alza una ceja, sorprendida apenas.

—¿Desde cuándo te importan los límites emocionales?

La provocación es fina.

—Desde siempre —responde él, suave, pero sin ceder un milímetro.

Su madre interviene entonces, con esa elegancia que suaviza todo sin resolver nada.

—Fredery, estás exagerando. Solo fue una travesura.

—Siempre es lo mismo —dice él.

Hay algo en su postura que no había visto antes. No es el jefe, es alguien hablando de manera suave.

Luego sus ojos se posan en mí y por un segundo vuelvo a sentir el calor de sus manos en mi espalda.

—Y también aclararé algo más —añade, sin apartar la mirada—. Zoe es mi hermana.

La revelación cae en la habitación como otro objeto rompiéndose… “Hermana”.

De pronto, las piezas encajan: la familiaridad insolente, la libertad para provocarlo, la forma en que su madre observa sin intervenir del todo.

Y yo… yo me quedo quieta, sintiendo el peso de una conclusión equivocada que dije en voz alta en el auto.

Zoe inclina la cabeza y sonríe con una ironía deliciosa.

—¿No me digas que creyó que era tu novia?

El calor me sube al rostro sin permiso.

—Mi vida personal no es un espectáculo —dice, y su voz adquiere una frialdad elegante—. Pero tampoco es un secreto vergonzoso.

Hay algo en esa frase que no solo va dirigida a mí.

Su madre suspira con suavidad.

—Siempre tan severo, Fredery.

Zoe se acerca y lo empuja ligeramente en el hombro, adoptando un tono casi infantil, exageradamente dulce.

—Hermano… ¿no me vas a perdonar? Lo de la mañana y lo de hoy solo fue una pequeña broma.

Y es entonces cuando noto algo que me descoloca: Fredery cambia; no se enoja, no se irrita. Se vuelve paciente.

Hay una calma distinta en su expresión, una que no le había visto antes, y cuando Zoe vuelve a mirarme con esa superioridad apenas disfrazada, él se mueve sutilmente y queda apenas delante de mí. No es un gesto exagerado, pero es claro. La está protegiendo.

—Fue una broma de mal gusto —dice con serenidad firme—. Discúlpate con tu cuñada.

Zoe suelta una risa corta, incrédula.

—¿Mi cuñada? —repite, mirándome de arriba abajo sin disimulo—. Esta mañana me dijo algo muy distinto.

Siento cómo el estómago se me contrae.

Ella da un paso hacia mí.

—Me dijiste que solo eras su asistente. Que solo te ibas a dedicar a tu trabajo y no enamorarlo. ¿Recuerdas? —inclina la cabeza, afilada—. ¿O acaso te estabas burlando de mí?

No respondo. Porque sí lo recuerdo… recuerdo haberlo dicho con seguridad, porque soy consciente de lo único que no tengo permitido.

—Zoe —advierte Fredery, pero ella no ha terminado.

—No me gusta que me mientan —continúa, ahora sin sonrisa—. Y menos tu hermano.

Fredery exhala lentamente. No parece molesto; si acaso, parece cansado. Su expresión pierde parte de la rigidez habitual cuando da un paso hacia Zoe.

—No te mentí —dice con calma—. Solo hay cosas que no puedo explicarte todavía.

Por primera vez desde que la conozco, no veo a la joven insolente. Veo a una hermana herida.

Fredery también parece verlo. Su mirada se suaviza y, antes de que Zoe pueda apartarse, le acaricia el cabello con un gesto tan natural que me toma por sorpresa.

—Lo sé —admite con paciencia—. Y tienes derecho a estar molesta. Pero te prometo que te explicaré todo.

Ella baja la mirada por un instante, luchando contra emociones que claramente no quiere mostrar delante de nadie.

—Más te vale tener una buena explicación.

—La tengo.

Zoe vuelve a mirarme. Ya no hay burla en sus ojos, pero tampoco aceptación. Es una mirada difícil de interpretar, una mezcla de desconfianza y advertencia que me deja claro que esta historia entre ella y yo está lejos de terminar.

Fredery parece notarlo porque coloca una mano sobre su hombro y le dedica una pequeña sonrisa.

—Ve a tu habitación, Zoe. Hablaremos con calma después.

Ella hace un gesto de disgusto, como si quisiera seguir discutiendo, pero al final termina cediendo.

—Más te vale cumplir tu palabra, hermano.

Y se gira sobre sus talones y se marcha, aunque sé que la conversación no ha terminado.

Su madre me observa con una calidez que tranquiliza.

—Descansa, querida.

Cuando su madre y Zoe finalmente se retiran, la habitación queda en un silencio espeso, apenas interrumpido por el eco lejano de sus pasos en el pasillo. El jarrón roto sigue en el suelo, testigo incómodo de todo lo que acaba de pasar.

Fredery se queda quieto unos segundos. Luego se pasa una mano por el cabello, un gesto breve que no encaja con su imagen habitual de perfección medida.

—No debiste asustarte —dice.

Lo observo con más atención de la que debería.

—Había una figura en mi ventana —respondo—. No sabía que en esta casa las bromas incluyen ataques cardíacos.

Un destello casi imperceptible cruza por sus labios. No es una sonrisa, pero se acerca.

Su mirada desciende hacia el suelo, a los restos del jarrón esparcidos.

—Enviaré a alguien para que recoja eso —añade con naturalidad—. No quiero que te cortes.

—Me encargaré de que Zoe se disculpe como corresponde —afirma—. Y dejaré claro que esto no vuelve a ocurrir.

El tono cambia mientras habla. Se vuelve más firme, más estructurado.

—Gracias —digo, y esta vez sé exactamente por qué.

Él sostiene mi mirada un instante más largo de lo que se permitiria.

—No permitiré que nadie te falte al respeto —responde con calma.

Después se aparta, recompone el gesto y la armadura de aspecto controlador vuelve a encajar a la perfección.

—Descansa, Amaya.

Su voz vuelve a ser impecable y se va. Me quedo sola, mirando la puerta cerrada.

Creí que Fredery era un hombre incapaz de reaccionar sin estrategia previa. Pero hoy vi una faceta que pocos creerían sobre el heredero Blackwood.

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