¿Y tu estás bien con eso?

—¿Qué creen que están haciendo?

Las tres mujeres se giran de inmediato. Yo levanto la mirada un segundo después y me encuentro con una mujer elegante, de postura impecable y cabello perfectamente recogido en un moño bajo. Su presencia es tan dominante como la de Fredery…

—Señora Blackwood… —murmura la más alta.

Ella no responde al saludo. Primero observa mi vestido manchado, luego la mesa desordenada y finalmente a las tres mujeres frente a mí, como si estuviera evaluando algo decepcionante.

—En este evento no se permiten espectáculos de esta calaña —dice con una calma tan precisa.

Las personas alrededor apartan discretamente la mirada, como si no quisieran quedar atrapadas en su desaprobación.

—Fue un accidente —añade una de ellas con voz cuidadosa.

La señora Blackwood inclina apenas la cabeza.

—Claro —responde con suavidad impecable—. Y supongo que los comentarios también lo fueron.

El silencio se vuelve absoluto.

Ella da un paso hacia mí. Sus ojos se detienen en mi rostro.

—¿Está usted bien, señorita? —pregunta finalmente.

—Estoy tratando de estar bien. —respondo

Sus ojos descienden hacia mi vestido manchado.

—Eso no parece —responde.

Luego dirige la mirada hacia ellas, y el salón entero parece encogerse un poco.

—La elegancia y la educación no se hereda solo por apellido —dice con serenidad implacable—. También se demuestra en la forma en que se trata a los demás.

Las tres mujeres permanecen rígidas frente a ella, sosteniendo apenas, tratando de ocultar su incomodidad.

—Retírense —ordena sin necesidad de elevar la voz—. Antes de que conviertan una torpeza en un problema real.

Una de ellas intenta decir algo, pero la señora Blackwood ni siquiera le da espacio.

—Y recuerden algo más —añade con una sonrisa tan elegante como fría—. Los eventos Blackwood no son escenarios para exhibir superioridades personales.

Se marchan conscientes de que han sido reprendidas en público.

Cuando desaparecen entre la multitud, ella vuelve su atención hacia mí. Su expresión cambia apenas, lo suficiente para suavizarse.

—Venga conmigo.

Camino a su lado atravesando el salón bajo decenas de miradas que ya no se sienten burlonas, sino curiosas. Hace apenas unos minutos era la asistente fuera de lugar; ahora soy la mujer a la que la señora Blackwood decidió llevarse consigo delante de todos.

Entramos en un salón privado apartado del ruido de la gala. La señora Blackwood hace un leve gesto con la mano y un sirviente aparece de inmediato.

—Traiga el vestido que encargue.

—Sí, señora.

Cuando la puerta vuelve a cerrarse y el murmullo lejano de la fiesta desaparece, el ambiente cambia por completo. Por primera vez en toda la noche puedo respirar sin sentirme observada por cien personas al mismo tiempo.

Aun así, la atención de mi suegra sigue fija en mí.

—¿Trabaja con mi hijo?

La pregunta llega con naturalidad, pero siento que hay algo más detrás de ella.

—Soy su asistente.

Sus labios se curvan apenas en una sonrisa mínima.

—Entonces debe ser usted muy eficiente. Fredery no conserva cerca a nadie que no esté a la altura.

No sé si eso es un cumplido o una evaluación, así que opto por la respuesta más segura.

—Intento estarlo.

Su mirada permanece sobre mí unos segundos más y noto un leve destello de aprobación.

—Eso ya es evidente. No cualquiera logra mantenerse de pie después de una provocación así.

Bajo la mirada un instante antes de atreverme a decir:

—Imagino que no debe ser fácil ser un Blackwood

Ella suelta una pequeña exhalación, casi divertida.

—No lo es —admite sin titubear—. Y tampoco es fácil estar a su lado.

La sinceridad de su respuesta me sorprende más de lo que debería.

—Es… exigente —digo con cuidado.

—Lo sé —responde con absoluta serenidad—.

Nos sostenemos la mirada un instante más de lo necesario y, por primera vez desde que llegué a esta gala, no siento que estoy siendo evaluada.

La tensión en mis hombros disminuye apenas, lo suficiente para volver a respirar con normalidad.

—Gracias por intervenir —digo finalmente, y esta vez lo siento de verdad.

Ella mantiene la calma elegante de siempre mientras sostiene mi mirada.

—No lo hice por ti —responde con una honestidad impecable—. Lo hice por mi prestigio. Aunque debo admitir que manejaste la situación con más dignidad que muchas mujeres de este círculo.

Antes de que pueda responder, el sirviente vuelve con un vestido cuidadosamente protegido entre fundas oscuras. El azul profundo de la tela resalta incluso bajo la luz tenue del salón.

—Le daré privacidad —dice mi suegra antes de apartarse hacia el ventanal.

Me cambio rápidamente, todavía intentando procesar todo lo que ocurrió afuera. Cuando salgo nuevamente, ella permanece sentada frente a los enormes ventanales, observando los jardines. Entonces gira el rostro hacia mí.

Sus ojos recorren el vestido nuevo, mi postura, mi expresión… y por primera vez noto una aprobación apenas visible en su mirada.

—Mucho mejor.

La señora Blackwood observa el resultado con una aprobación discreta que no intenta ocultar del todo.

—Gracias —murmuro.

Ella inclina apenas la cabeza y se dirige hacia la puerta.

—Será mejor que regresemos antes de que los rumores hagan más ruido que la música.

Una sonrisa involuntaria aparece en mis labios. Estoy a punto de seguirla cuando la puerta se abre de repente… Fredery entra en la habitación.

La preocupación no aparece en su rostro de forma evidente, pero está ahí. La noto en la rapidez con la que sus ojos recorren el lugar hasta encontrarme. Su mirada se detiene en el vestido nuevo, en mi expresión, como si comprobara por sí mismo que estoy bien.

—¿Qué sucedió? —pregunta.

Su voz es tranquila, aunque demasiado controlada para ser casual.

—Nada que no esté resuelto —responde su madre antes de que yo pueda hacerlo—.

Siento el peso de la mirada de Fredery sobre mí. No dice nada, pero percibo una tensión contenida en su mandíbula antes de que exhale lentamente.

Entonces se vuelve hacia su madre.

—Hay algo que debo decirte.

La señora Blackwood arquea una ceja con curiosidad.

—Eso suena interesante.

Fredery guarda silencio apenas un segundo. Lo suficiente para llamar mi atención.

—Amaya no es solo mi asistente… Es mi esposa

La señora Blackwood me observa, luego mira a su hijo y vuelve a mirarme a mí.

—¿Tu esposa?

—Sí.

Ella deja escapar una pequeña exhalación, todavía procesándolo.

—Pensé que estabas bromeando esta mañana cuando mencionaste que te habías casado. Creí que era otra de tus estrategias para escapar de las citas a ciegas que llevo años intentando organizarte.

Fredery ni siquiera parpadea.

—No bromeaba.

La señora Blackwood vuelve a mirarme y, de pronto, toda su atención recae sobre mí.

—¿Tú... eres mi nuera?

Mi estómago se contrae.

Por primera vez en toda la noche no sé cuál es la respuesta correcta. Siento los nervios trepar por mi pecho, pero me obligo a sostener su mirada.

—Sí, señora.

El silencio que sigue me pone más nerviosa que cualquier comentario malintencionado de la gala. Su expresión es imposible de descifrar y, durante unos segundos, temo haber decepcionado alguna expectativa que ni siquiera conozco.

Entonces, para mi sorpresa, sonríe.

Una sonrisa auténtica.

—Debo admitir que me desconcertaste, Fredery —dice, sin apartar los ojos de mí—. Pero ahora que veo quién es tu esposa... entiendo.

La señora Blackwood se acerca y yo me tenso sin darme cuenta. Después de todo, hace apenas unos minutos ni siquiera sabía de mi existencia.

Pero en lugar de reprocharme, sus brazos me rodean.

La sorpresa me deja inmóvil.

—Debo reconocer que no eras lo que imaginaba para mi hijo—Pero después de verte esta noche... entiendo por qué te eligió.

Siento un nudo inesperado en la garganta.

Entonces se aparta apenas y toma mis manos entre las suyas.

—Bienvenida a la familia, Amaya.

Mi respiración se detiene un instante.

—Gracias, señora Blackwood...

Ella niega con suavidad.

—Si vas a ser la esposa de mi hijo, creo que puedes llamarme Selena o mejor mamá.

Parpadeo, sorprendida.

No esperaba aquella cercanía. Mucho menos de una mujer que impone respeto con solo entrar en una habitación.

—Gracias, Selen… mamá —murmuro con cierta timidez.

Su sonrisa se amplía.

—Mucho mejor.

Después acomoda un mechón de mi cabello detrás de la oreja y asiente satisfecha.

—Ahora sí, regresemos antes de que empiecen a preguntarse dónde desaparecimos.

Al girarme encuentro a Fredery observándonos en silencio.

El resto de la noche transcurre entre presentaciones, sonrisas y nombres que intento memorizar. Poco a poco consigo relajarme y convencerme de que el incidente quedó atrás.

Pero en cuanto subimos al automóvil, la realidad vuelve a alcanzarme.

Fredery guarda silencio varios minutos antes de hablar.

—La situación estuvo a punto de salirse de control.

—No lo estuvo.

—Lo estuvo —replica sin dureza—. Si mi madre no intervenía, los comentarios sobre tu origen habrían escalado.

La palabra “origen” me golpea como una piedra.

—Lo manejé bien.

Fredery gira ligeramente el rostro hacia mí.

—Crees que lo hiciste.

Antes de que pueda responder, continúa:

—Y por eso aún no es momento de hacer pública nuestra relación en todos los círculos. No estás lista… todavía para enfrentarte a este mundo social.

Por un instante me quedo sin aire. No por lo que dice, sino por la facilidad con la que lo dice; como si estuviera evaluando un proyecto que todavía no cumple los requisitos necesarios.

Vuelvo la vista hacia la ventana y observo las luces de la ciudad pasar una tras otra.

—Entiendo.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros y decido aferrarme al único lugar donde todavía me siento segura.

—Es casi fin de semana —digo después de unos segundos—. Quisiera pasar estos días en el hospital con mi abuela.

—No.

La respuesta es inmediata.

—Necesito verla.

—Necesitas prepararte para el puesto. Hay informes, historia corporativa y protocolos que debes aprender. Cuanto antes domines ese entorno, mejor.

Aprieto las manos sobre mi regazo.

No me gusta suplicar. Pero mi abuela siempre será más importante que mi orgullo.

—Por favor. Solo este fin de semana quiero estar con ella. El lunes estaré en la oficina a primera hora.

Fredery guarda silencio unos segundos, como si estuviera evaluando lo que he dicho.

—¿Puntual?

—Siempre lo soy. Lo de hoy fue una excepción.

Sus ojos permanecen sobre mí un instante más antes de asentir.

—Está bien.

El alivio me recorre tan rápido que casi me deja sin fuerzas.

Fredery se inclina apenas hacia adelante.

—Al hospital —ordena al chofer.

El automóvil cambia de dirección y, mientras las luces de la ciudad desfilan al otro lado de la ventana, siento que por primera vez en toda la noche he conseguido algo que realmente importa.

******

En el hospital, todo vuelve a sentirse real.

Me cambio en el baño y, cuando entro a la habitación, encuentro a mi abuela dormida. Me siento a su lado y tomo su mano… y esta vez no logro sostener la armadura.

Las lágrimas caen despacio, calientes, inevitables. No lloro por el vestido manchado ni por las mujeres que intentaron humillarme. Lloro porque por primera vez dudé de mí. Porque en medio de ese salón brillante me pregunté si realmente había hecho lo correcto.

—Estoy intentando ser fuerte, abuela —susurro, apretando su mano—. Pero tengo miedo de no estar a la altura… y miedo aún mayor de perderme en el intento.

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