Mundo ficciónIniciar sesiónNo sé cuánto tiempo permanezco bajo la lluvia. El teléfono sigue en mi mano, pero la llamada ya terminó.
En eso aun auto frena frente a mí y toca el claxon dos veces.
Sigo parada en medio de la acera con la ropa empapada, el teléfono apretado entre mis dedos y la sensación de que mi vida acaba de romperse en demasiados pedazos para poder recogerlos sola.
—¡Amaya!
Levanto la mirada… Lucas corre hacia mí sosteniendo un paraguas que apenas logra cubrirnos.
Su expresión cambia en cuanto ve mi rostro.
—¿Qué pasó?
Intento responder, pero mi garganta se cierra.
Entonces él; solo me abraza y en ese instante me derrumbo. Lloro contra su pecho mientras la lluvia golpea el asfalto.
—Perdí mi trabajo... —logro decir entre lágrimas—.
Siento cómo su cuerpo se tensa.
—Vamos a casa.
******
Treinta minutos después, estoy sentada en el pequeño sofá de mi departamento con ropa seca y una taza de café caliente entre las manos.
Lucas camina de un lado a otro.
—Podemos pedir otro préstamo.
Niego.
—Vendemos algo.
Suelto una risa rota.
—¿Qué exactamente? ¿La cafetera? ¿Mi cama? ¿Mi dignidad?
Lucas se detiene.
—No bromees con eso.
Lo miro y por primera vez digo en voz alta lo que más me aterra.
—¿Y si mi abuela muere porque no pude salvarla?
Lucas se arrodilla frente a mí.
—No va a pasar.
—No puedes decir eso.
Mi voz se quiebra.
—No tengo empleo… no tengo dinero… y mañana podría perder a la única familia que ha estado conmigo toda mi vida.
Mi teléfono vibra sobre la mesa.
Número desconocido.
Lucas y yo nos miramos, contesto con manos temblorosas.
—¿Señorita Calderón?
Mi cuerpo se paraliza al no reconocer aquella voz formal.
—Habla Marcus Evans, asistente personal del señor Fredery Blackwood.
Lucas frunce el ceño al escuchar el nombre.
—El señor Blackwood me pidió recordarle que mañana tiene una entrevista programada a las nueve en punto. La puntualidad no es negociable.
Parpadeo, confundida.
Después de todo lo ocurrido en el restaurante, pensé que esa oportunidad había desaparecido junto con mi empleo.
—Creí que… ya no seguía en consideración.
—El señor Blackwood rara vez cambia de opinión, señorita Calderón. La esperamos mañana.
La llamada termina tan abruptamente como comenzó.
Me quedo mirando la pantalla oscura del teléfono, intentando entender por qué ese hombre insiste en aparecer justo cuando mi vida parece derrumbarse.
Y entonces vuelve a vibrar.
Mi teléfono vibra otra vez sobre la mesa… Hospital.
La pantalla parpadea como un recordatorio cruel de la realidad. No contesto, No porque no me importe… sino porque ya sé lo que van a decirme.
—Es una oportunidad laboral única—dice Lucas finalmente—. No puedes ignorarla.
—¿Y si es un error? —murmuro—. No sé nada de esa empresa.
—Sabes que su CEO es uno de los empresarios más importantes de la ciudad.
Lo sé… Todo el mundo lo sabe; su apellido abre puertas y cierra otras. Mueve cifras que yo apenas puedo imaginar.
Bajo la mirada.
—Necesito el dinero —susurro. Mi abuela no puede esperar.
Lucas sostiene mis ojos con esa firmeza tranquila que siempre ha tenido.
—Entonces porque dudas, solo ve a esa entrevista.
Niego apenas con la cabeza.
—No es tan sencillo —respondo en voz baja—. No se siente como un empleo común. Se siente como si aceptar significara cruzar una puerta sin saber qué hay del otro lado.
Lucas suspira y se agacha frente a mí.
—Ser asistente de alguien como Blackwood no será fácil, lo sé. Probablemente te exija más de lo que cualquier jefe debería… pero te conozco, Amaya.
Aprieta mis manos con suavidad.
—Sé lo inteligente que eres. Sé lo rápido que aprendes. Y sé que has sobrevivido a cosas peores que un hombre millonario con problemas de control.
Eso me arranca una pequeña sonrisa cansada.
El teléfono vibra por tercera vez sobre la mesa. Cierro los ojos un segundo, intentando no quebrarme.
Lucas se acerca.
—Amaya, mírame. Lo estás haciendo por la razón correcta.
Ya no puedo seguir huyendo de las decisiones difíciles.
Respiro hondo, intentando reunir el poco valor que me queda.
—Voy a aceptar —murmuro al fin. Mañana iré a esa entrevista… y haré lo que sea necesario para conseguir ese empleo.
Lucas me observa en silencio, se pone de pie y acaricia suavemente mi cabello.
—Entonces deja de torturarte por esta noche.
Me obliga a levantarme del sofá con una pequeña sonrisa cansada.
—Ve a dormir, Amaya… porque mañana tu vida será diferente.
A la mañana siguiente
Llego treinta minutos antes, con el estómago lleno de nervios. El edificio de Blackwood Enterprise se alza frente a mí, impecable y silencioso, más parecido a una fortaleza que a una oficina. Vidrio oscuro, mármol brillante, seguridad discreta pero evidente.
El ascensor sube con una suavidad casi irreal. Observo cómo los números cambian sobre la puerta y tengo la absurda sensación de que cada piso me separa un poco más de mi antigua vida.
Cuando las puertas se abren en el nivel ejecutivo, el pasillo está vacío. Camino despacio, repasando mentalmente lo que diré cuando lo vea.
Entonces escucho voces.
Provienen de una oficina cuya puerta quedó apenas entreabierta.
—¿Seguirá esperando a que ella regrese? O ¿Qué es lo que hará? —dice el asistente con tono medido.
—Lo que hare es hacer que mi madre deje de organizarme citas a ciegas.
—responde él.
Hay una pausa breve, pesada.
—No voy a casarme por amor —dice Fredery, y su frialdad atraviesa el pasillo—. Si lo hago, será estratégico. Una esposa solo de título cerrará bocas y terminará con las citas a ciegas.
El aire se vuelve más denso y sé que no debería estar escuchando esto. Retrocedo unos pasos, pero mi bolso golpea un adorno metálico apoyado en la pared. El sonido rompe la quietud con una claridad traicionera.
Dentro, las voces se detienen.
—¿Quién está ahí?
Me quedo congelada, con una mano aferrada al bolso y el corazón golpeando tan fuerte que temo que lo escuche. Durante un segundo considero correr; pero ya es tarde. La puerta se abre de golpe.
Escucho pasos acercándose, firmes, seguros, sin prisa. Se detienen justo detrás de mí, lo bastante cerca como para sentir su presencia sin tocarme.
—Amaya Calderón —dice su voz, baja y autoritaria—. Detente ahí.
Me quedo exactamente dónde estoy, con la espalda rígida y el corazón golpeando tan fuerte que temo que pueda escucharlo. El asistente aparece detrás de él, confundido.
—Señor Blackwood, ¿qué hacemos con ella? Escuchó nuestra conversación.
No me atrevo a girarme.
—Déjanos solos.
La orden es inmediata.
—Pero señor…
—Ahora.
El silencio que queda es más intimidante que cualquier reproche. Finalmente me giro y lo veo; Fredery no parece molesto y eso es peor. Porque me observa como si estuviera evaluando un activo.
—A mi oficina —dice con un gesto leve.
Camina primero. Yo lo sigo intentando que mis pasos no traicionen el temblor de mis piernas. Su oficina es amplia, sobria, impecable. Él se coloca detrás del escritorio y me señala la silla frente a él.
—Siéntate.
Obedezco.
—¿Por qué estás aquí tan temprano, Amaya?
Su voz es tranquila, pero cada palabra parece medida.
—Me gusta ser puntual.
Levanta apenas una ceja.
—Eso no responde mi pregunta.
Trago saliva.
—Ser puntual significa llegar antes de tiempo al lugar donde debes estar... Siempre lo hago.
Me sostiene la mirada unos segundos más de lo necesario.
—Interesante definición.
Toma una carpeta y la abre con precisión milimétrica.
—Veintiséis años; Licenciada en Administración, maestría en Marketing y Negocios Internacionales, excelentes calificaciones, recomendaciones impecables.
—Hace dos años, rechazaste dos ofertas corporativas extranjeras. Desde entonces has trabajado muy por debajo de tu capacidad.
Aprieto las manos.
—Fueron circunstancias personales.
Sus ojos finalmente se levantan hacia mí.
—Esas circunstancias tienen nombre.
Siento cómo mi espalda se tensa.
—Tu abuela.
Mi respiración se corta.
—Si no me equivoco, está hospitalizada y su estado requiere una cirugía urgente.
Mi respiración se vuelve más pesada.
—¿Me mandó investigar?
La humillación me quema por dentro.
—Siempre investigo antes de tomar decisiones importantes.
Suelto una risa breve, sin humor.
—No sabía que mi vida personal y familiar era parte del proceso de selección, señor Blackwood.
Su expresión no cambia.
—Lo es cuando la persona entrevistada escucha información confidencial que no debía escuchar.
La culpa me golpea de nuevo.
—No fue mi intención —respondo, obligándome a sostener su mirada, aunque mis manos tiemblen—. Ni siquiera quería escuchar esa conversación.
—Lo sé.
Pasa otra hoja con absoluta calma.
Luego se inclina apenas hacia adelante, y por primera vez siento que el aire en la oficina cambia.
—Y aun así… acabas de ayudarme a resolver un problema importante.
Vuelve a tomar el teléfono.
—Encontré la solución —le dice a su asistente—. Prepara el contrato externo.
Cuelga y me mira.
Yo permanezco inmóvil.
Confundida.
—¿Contrato externo? —pregunto.
Fredery entrelaza las manos sobre el escritorio y me observa con una calma que empieza a parecerme peligrosa.
—Señorita Calderón. Además de trabajar como mi asistente, quiero ofrecerte un trabajo adicional…
Frunzo el ceño.
—¿Otro trabajo?
—¿Qué clase de responsabilidad?
Sus dedos golpean una sola vez el escritorio antes de responder.
—Es un acuerdo ajeno a la empresa. Requiere inteligencia, disciplina, absoluta discreción… y la capacidad de seguir instrucciones sin involucrar emociones.
Algo dentro de mí me dice que salga corriendo.
—Necesito una esposa de mentira.
El silencio que sigue se vuelve ensordecedor.
Lo miro sin parpadear, convencida de que en cualquier momento va a admitir que esto es una broma de muy mal gusto, pero su expresión permanece intacta.
Y eso hace que una parte de mí empieza a arrepentirse de haber entrado a este edificio o que debí ignorar la llamada.
—¿Perdón? —pregunto al fin, porque es lo único coherente que logra salir de mi boca.
—Te ofrezco un matrimonio legal, estratégico y temporal —responde con la misma serenidad con la que alguien pediría café.
Suelto una risa breve, completamente incrédula.
—Usted está loco.
Por primera vez noto un destello casi imperceptible en su mirada.
—Probablemente —responde sin alterarse—, pero eso no cambia los hechos. Tú necesitas estabilidad financiera antes de que sea demasiado tarde con tu abuela.
—No soy este tipo de persona que se vende.
Las palabras salen más firmes de lo que me siento por dentro, porque la realidad es otra: mi dignidad acaba de ponerse frente a frente con la desesperación. Intento aferrarme al orgullo, recordarme que todavía tengo límites.
Cierro los ojos apenas un segundo.
Fredery me observa como si pudiera leer cada pensamiento que cruza por mi rostro.
—No —responde con calma—. Eres una mujer inteligente atrapada en circunstancias que no te permiten usar todo tu potencial.
Sus palabras me golpean más de lo que deberían porque, en el fondo, sé que tiene razón: Rechacé oportunidades, aplacé sueños. Trabajé en un restaurante muy por debajo de lo que podía hacer porque necesitaba mantener a mi abuela cerca y pagar tratamientos que nunca terminaban y ahora estoy aquí… negociando mi vida, mi libertad y hasta mi dignidad con un hombre que recién estoy conociendo.
—¿Qué gana usted, ofreciéndome esto?







