Los milagros no llegan

—¿Qué gana usted ofreciéndome esto?

Fredery mantiene la mirada fija en mí, imperturbable.

—Paz de las constantes decisiones impulsivas de mi madre respecto a mi vida personal… porque todo lo demás ya lo conseguí por mérito propio.

La arrogancia en su voz debería irritarme más de lo que ya lo hace, pero estoy demasiado ocupada intentando mantenerme de pie emocionalmente.

Aprieto con fuerza el bolso sobre mis piernas.

—¿Y si me niego?

Su expresión no cambia.

Ni siquiera parpadea.

—Entonces no habrá empleo como asistente.

Mi corazón se detiene un segundo.

—¿Qué?

—Escuchaste una conversación confidencial que no debías escuchar. Si rechazas mi propuesta, firmarás un acuerdo de confidencialidad y saldrás de este edificio sin trabajo.

Lo miro sin poder creerlo.

—Eso es chantaje.

—Eso es proteger mis intereses.

La rabia me sube por el pecho. Quiero insultarlo y decirle que jamás aceptaría algo así.

Me pongo de pie tan rápido que la silla se arrastra con fuerza sobre el suelo.

—¿Sabe qué? Gracias por su tiempo, señor Blackwood.

Tomo mi bolso con manos temblorosas y levanto el mentón, aunque por dentro me estoy desmoronando.

—No se preocupe. No diré nada de lo que escuché aquí y no soy ninguna soplona desesperada buscando arruinarle la vida po dinero.

Camino hacia la puerta intentando alejarme lo más que pueda de este hombre.

—¿Estás segura de eso, Amaya?

Su voz me detiene antes de tocar la manija.

—Prefiero—

La vibración de mi teléfono me interrumpe… Hospital

Mi cuerpo entero se congela al tener un mal presentimiento.

Fredery baja la mirada hacia la pantalla iluminada y luego vuelve a observarme.

—Creo que deberías contestar.

—¿Sí?

La voz al otro lado suena alterada.

Demasiado alterada.

—Señorita Calderón, su abuela sufrió un paro cardíaco hace unos minutos.

El mundo se detiene.

Literalmente deja de moverse.

—¿Qué… qué está diciendo?

Mi voz se rompe.

—Logramos estabilizarla, pero su estado es crítico. El cirujano decidió intervenir hoy mismo. Necesitamos autorización inmediata y la confirmación del pago ahora.

Mis piernas dejan de responder.

Me sostengo de la puerta para no caer.

—No… por favor… no…

Las lágrimas empiezan a caer sin control.

—Por favor, no me diga eso…

—Si no confirma en los próximos minutos, tendremos que cancelar el procedimiento.

La llamada termina y el silencio que invade la oficina se vuelve insoportable. Mi respiración sale entrecortada mientras intento mantenerme de pie, pero siento las piernas tan débiles que apenas responden. Tengo el teléfono aferrado entre mis dedos y la imagen de mi abuela conectada a máquinas destroza todo intento de orgullo que todavía me quedaba.

Fredery no ha apartado la mirada de mí ni un solo segundo.

—¿Cuánto necesitas?

La pregunta me golpea más fuerte de lo esperado porque él no suena cruel… suena peligrosamente práctico.

Trago saliva, intentando recomponerme, aunque por dentro me estoy rompiendo en mil pedazos.

—Cincuenta mil dólares.

Decir la cifra en voz alta hace que todo se sienta aún más humillante. Cincuenta mil dólares es el precio de la vida de mi abuela… y yo no tengo absolutamente nada.

Fredery guarda silencio unos segundos que se sienten eternos. Luego toma su teléfono con la misma calma con la que otros revisarían correos pendientes.

—Lo transferiré en menos de un minuto —dice finalmente con absoluta serenidad—. Solo necesitas aceptar mi propuesta.

Mi respiración se detiene.

Lo miro fijamente y, por primera vez, entiendo con claridad brutal que este es el instante exacto donde mi vida cambia de dirección. Hay un antes y un después de esta decisión. Un antes donde todavía podía fingir que tenía opciones… y un después donde todo quedará marcado por este momento.

Las lágrimas nublan mi visión.

—Está comprando mi desesperación —murmuro con la voz rota.

Sus labios se curvan apenas, pero no hay burla en su expresión.

—Estoy ofreciéndote una solución que nadie más puede darte hoy.

Sus palabras me atraviesan porque odio admitir que tiene razón.

La puerta se abre y su asistente entra como si hubiera estado esperando esa señal. Deja un documento sobre el escritorio y se retira sin hacer una sola pregunta, como si presenciar acuerdos que cambian vidas fuera parte rutinaria de su trabajo.

Miro el documento frente a mí y siento un vacío brutal en el estómago.

No parece un contrato, más parece una sentencia escrita con tinta elegante.

Las hojas gruesas descansan frente a mí cargadas de cláusulas demasiado claras: matrimonio legal por tiempo determinado, confidencialidad absoluta sobre este trato, convivencia obligatoria, representación impecable ante medios, familia y socios estratégicos. Incluso hay líneas sobre mi vestimenta en eventos públicos, comportamiento social y penalidades si rompo el acuerdo antes del plazo establecido.

Mi celular vuelve a vibrar, hospital… Otra vez.

Paso las páginas con manos temblorosas, intentando concentrarme, pero las letras empiezan a mezclarse frente a mis ojos. Sé que debería leer todo con calma, que debería cuestionar las cláusulas o talvez negociar.

Pero el tiempo dejó de pertenecerme desde que escuché la palabra paro cardíaco.

El teléfono vuelve a sonar y cierro los ojos por un instante.

—Perdóname, abuela —susurro sin darme cuenta.

Tomo la pluma y la sostengo entre mis dedos mientras mi corazón late con violencia. Durante unos segundos la punta permanece suspendida sobre el papel porque una parte de mí sigue esperando un milagro. Una llamada diferente, una solución inesperada. Algo que me salve de tener que vender dos años de mi vida.

Pero los milagros no llegan para mujeres desesperadas… Solo llegan contratos.

Bajo finalmente la mano y firmo… Amaya Calderón.

Mi nombre queda grabado sobre el papel con una seguridad que no siento.

Cuando levanto la vista, Fredery sigue observándome desde el otro lado del escritorio. No hay satisfacción en su expresión, tampoco culpa. Solo esa calma impecable de los hombres acostumbrados a ganar negociaciones difíciles sin despeinarse. La misma calma de alguien que sabe exactamente cuánto acaba de ofrecer… y exactamente lo que acaba de obtener a cambio.

Intento secar mis lágrimas con discreción cuando él habla nuevamente.

—Hay una condición más —añade.

Bajo la mirada al contrato pensando que olvidé leer alguna cláusula importante, pero él niega apenas con la cabeza y entonces entiendo que esto no está escrito en ninguna parte.

—No puedes enamorarte de mí.

El aire abandona mis pulmones.

Por un segundo creo haber escuchado mal, pero su expresión permanece intacta y mi corazón, que ya venía sobreviviendo al caos, se detiene apenas un instante antes de retomar un ritmo brutal.

—¿Perdón?

—El momento en que desarrolles sentimientos que interfieran con este acuerdo, el contrato quedará cancelado y tendrás que devolver cada centavo invertido en tu abuela.

La frialdad con la que pronuncia esas palabras hace que algo dentro de mí vuelva a endurecerse.

—No tolero complicaciones emocionales, Amaya —continúa con una serenidad insultante—. Este acuerdo funciona únicamente si ambas partes entienden sus límites.

Lo observo en silencio.

Tan seguro; tan convencido de que puede controlar cada variable de la vida como si todo fuera una hoja de cálculo.

Una risa breve, seca y completamente incrédula escapa de mis labios.

Inclino apenas la cabeza.

—¿Y qué le hace pensar que me enamoraría de usted?

Sus ojos permanecen clavados en los míos con una seguridad exasperante.

—Porque cuando alguien te salva —responde con voz baja y firme—, suele confundirse con amor.

La frase me golpea en el orgullo.

No porque tenga razón… sino porque asume que soy predecible.

El ardor me sube por el pecho, lo observo en silencio mientras comprendo lo absurdamente seguro que está de sí mismo.

Como si enamorarse de él fuera una consecuencia natural. Como si yo fuera a olvidar que hace unos minutos utilizó la enfermedad de mi abuela para cerrar un negocio.

Mi incredulidad se transforma en una risa breve y amarga.

—Vaya… además de controlador también tiene un ego peligrosamente alto.

Su mandíbula se tensa apenas.

—Solo estoy evitando problemas futuros.

Niego lentamente, todavía sin creerlo.

—Descuide señor Blackwood.

Me inclino ligeramente hacia él y sostengo su mirada con firmeza.

—Los hombres que convierten la desesperación ajena en contratos no son precisamente mi tipo.

Por primera vez su expresión cambia apenas.

No sé si lo molesté. No sé si lo sorprendí y sinceramente… no me importa.

Porque si algo tengo claro mientras salgo de esa oficina convertida en su futura esposa… es que jamás podría enamorarme del hombre que acaba de enseñarme lo cruel que puede ser el poder.

Un silencio denso se instala entre nosotros.

El asistente vuelve a ingresar y deja un nuevo documento sobre el escritorio. Fredery lo desliza hacia mí.

—Aquí tienes el acuerdo prenupcial. A partir de ahora seremos esposos.

Leo lo justo. El tiempo no es mi aliado y el quirófano tampoco espera. Mi celular permanece boca abajo sobre la mesa, pero siento su peso como una cuenta regresiva.

Cuando termino de leerlo, él se pone de pie.  Da un paso hacia la puerta, pero antes de salir añade, sin mirarme:

—Y por cierto… mañana te espero en el registro civil. No llegues tarde… Señora Blackwood.

La puerta se cierra detrás de él.

Miro el acuerdo. Mi nombre y su apellido; una alianza invisible que aún no llevo en el dedo, pero que ya pesa en mi piel.

Hace unas horas solo era una jovencita intentando salvar a su abuela. Ahora soy la esposa del CEO más frío de esta ciudad.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP