El casi toque

**FREDERY**

—No lo estoy haciendo. ¿Usted sí?

La pregunta queda suspendida entre nosotros. Antes de que pueda responder, la voz de Marcus irrumpe desde el fondo del pasillo.

—Señor Blackwood, los jefes de área ya están reunidos.

No aparto la mirada de Amaya.

—Cinco minutos.

Marcus asiente y se retira. El pasillo vuelve a quedar en silencio.

—Mantén la profesionalidad —digo, recuperando el tono que utilizo en las juntas y negociaciones.

—Siempre lo hago, señor Blackwood.

Se gira para marcharse y debería dejarla ir. Sin embargo, algo en su actitud me irrita.

Mi mano se cierra sobre su antebrazo antes de que avance demasiado.

Ella se detiene y me mira.

—¿Ahora qué ocurre?

—Ocurre que pareces olvidar con demasiada facilidad los términos de nuestro acuerdo.

Sus ojos se endurecen.

—No los he olvidado.

—Entonces compórtate como se debe.

—¿Esta insinuando algo?

—Solo recuerda que ahora representas algo más que a ti misma.

Amaya suelta una risa breve, sin humor.

—Curioso… Cuando le conviene soy su esposa y cuando no, solo soy su asistente.

La respuesta me golpea justo donde pretende hacerlo.

—No confundas los roles.

—Entonces dígame cuál debo cumplir ahora.

Durante un instante nos sostenemos la mirada sin que ninguno retroceda.

Por fortuna, la puerta de la sala de juntas se abre al fondo del pasillo y varias voces invaden el espacio.

—A la reunión, Amaya.

—Sí, señor Blackwood.

Entramos segundos después. Tomo asiento en el extremo de la mesa ovalada, el lugar desde donde todo se controla mejor. A mi alrededor, los jefes ocupan sus posiciones mientras las pantallas muestran contratos, proyecciones y planes de expansión. Todo parece exactamente como debe estar.

Entonces comienza la reunión.

Normalmente mi atención permanece fija en cada cifra, cada porcentaje y cada detalle… Pero hoy no.

La discusión de la mañana sigue regresando a mi cabeza con una insistencia irritante. No me agradan las personas que cuestionan mis decisiones y Amaya parece tener un talento especial para hacerlo.

Marcus continúa con la exposición.

—Si consolidamos la filial de Montreal, el margen operativo subiría a 13.2%.

—Incorrecto —respondo sin revisar el informe—. El margen es 15%.

Todos me observan con cautela. Entonces percibo otro movimiento, Amaya levanta la vista de su IPad.

—Señor Blackwood —dice con firmeza profesional—, el 15% corresponde a la proyección preliminar. La actualización de esta mañana ajusta el margen a 13.2% debido al incremento logístico.

El silencio es inmediato, porque ella acaba de corregirme delante de todos.

Sostengo la mirada de Amaya durante un segundo, para que se de cuenta de lo que acaba de hacer, pero ella no reacciona.

—Lo sé —respondo con absoluta tranquilidad—. Solo estaba comprobando si estaban atentos.

Algunos asienten y la reunión retoma su curso, como si nada hubiera ocurrido. Pero yo sé la verdad: me distraje y en mi mundo, la distracción no es un detalle menor, es una grieta.

Cuando la reunión termina, me pongo de pie sin molestarse en ocultar mi decisión.

—Señorita Calderón. A mi oficina.

Ella recoge sus documentos con un nerviosismo visible. Marcus nos sigue unos pasos atrás, discreto como una sombra.

La puerta de mi oficina se cierra y el ambiente cambia al instante. El murmullo constante de la empresa desaparece detrás de las paredes de cristal y el silencio se vuelve más denso, más privado. Dejo la carpeta sobre el escritorio y me giro lentamente hacia ella. Amaya permanece de pie frente a mí, sosteniendo los documentos contra su pecho.

—¿Puede explicarme por qué intervino?

—Usted mencionó un porcentaje equivocado, señor Blackwood.

La respuesta llega sin rodeos.

—Puedo hacer ajustes estratégicos durante una reunión sin necesidad de correcciones públicas.

—No fue una corrección.

—¿Ah, no?

—No. Fue un respaldo técnico.

Algo en la seguridad con la que pronuncia esas palabras consigue tensarme más de lo necesario.

—No necesito respaldos.

—Todo líder los necesita.

La frase cae entre nosotros con una fuerza inesperada.

La observo detenidamente. Cualquier otro empleado habría retrocedido a estas alturas. Habría intentado disculparse o justificar su comportamiento. Ella no, permanece exactamente dónde está; como si no le preocupara en absoluto quién soy o el poder que tengo dentro de estas paredes.

A mi lado, Marcus aclara la garganta.

—Creo que iré a revisar los contratos de la filial.

El tono es casual, pero lo conozco demasiado bien. Es una forma elegante de escapar antes de quedar atrapado en medio de algo que ni él mismo comprende del todo.

—Como quiera —respondo sin apartar la vista de Amaya.

Marcus no necesita que se lo repitan dos veces. Recoge su carpeta y se dirige hacia la puerta. Antes de salir, juraría que nos observa un instante más, y la puerta se cierra detrás de él.

Camino hacia mi silla, pero no me siento de inmediato. Ella permanece a mi lado, a escasos centímetros. Demasiado cerca para que la conversación sea estrictamente profesional.

—Escúcheme bien, señorita Calderón —murmuro, inclinándome apenas hacia ella—. En esta empresa cada intervención tiene un momento. Usted no decide cuándo hablar.

—Mi trabajo es dirigir, todo esta compañía.

—Y el mío es respaldarlo cuando se tambalea.

—¿Insinúa que me tambaleé?

—Insinúo que todos somos humanos.

No. Yo no tengo ese margen; la humanidad es un lujo que debilita decisiones. En mi posición, dudar cuesta millones.

Tomo asiento en la silla ejecutiva con un movimiento medido, intentando devolver la conversación al terreno de la jerarquía y el control.

Amaya parece entenderlo porque da un paso atrás.

Entonces ocurre, su tacón resbala apenas sobre el suelo pulido haciendo romper su equilibrio.

Me inclino hacia adelante y extiendo una mano de forma automática, preparado para sujetarla. Pero Amaya se aferra al borde del escritorio con una rapidez sorprendente. La otra mano encuentra apoyo en el brazo de mi silla y consigue detener la caída por sí sola.

Su cabello cae hacia adelante como una cortina oscura, y en ese instante puedo distinguir cada detalle de su rostro: La ligera tensión de su mandíbula, el brillo inesperado en sus ojos, la respiración contenida que intenta recuperar antes de que yo la note.

—Cuidado —murmuro.

Mi voz sale más grave de lo habitual.

—Estoy bien.

La respuesta es inmediata, pero el pulso acelerado que late en la base de su cuello cuenta una historia diferente.

Mi mano permanece suspendida entre nosotros a escasos centímetros de su cintura. No llego a tocarla y ella tampoco me da la oportunidad, poque se incorpora lentamente y recupera la compostura como si nada hubiera pasado. Y, por alguna razón que no termino de comprender, esa acción me irrita… Porque no necesitó mi ayuda.

—No necesita evitarme como si fuera peligroso —digo en voz baja, sin apartar los ojos de los suyos.

Hay un destello en su mirada. Algo entre desafío y lucidez.

—Usted mismo dejó claros los límites esta mañana, señor Blackwood.

La formalidad en su voz golpea más de lo que debería. Es un recordatorio directo de mis propias palabras, de la distancia que me aseguré de imponer entre nosotros apenas unas horas atrás.

Antes de que pueda responder, la puerta se abre sin previo aviso, rompiendo la tensión que aún flota en el despacho.

Zoe entra como siempre lo hace: sin esperar permiso.

—Fredery, regresaste y nadie me dijo nada.

Se acerca sin dudar y me rodea con los brazos en un gesto de afecto familiar. Cuando se aparta, su atención se dirige de inmediato hacia Amaya.

Sus ojos la recorren de arriba abajo sin el menor intento de disimulo.

—¿Y tú eres...?

—Amaya Calderón. Asistente del señor Blackwood —responde.

Zoe ladea ligeramente la cabeza, como si acabara de encajar una pieza que llegó tarde.

—Ah. Eres otra de esas muchachitas.

Amaya la observa sin alterar su expresión.

—No sé a qué se refiere.

—Claro que sí —replica Zoe con una sonrisa cargada de superioridad—. He visto muchas como tú. Cercanas, ambiciosas, convencidas de que pueden atraparlo.

El silencio se vuelve afilado.

—Mi intención es cumplir mis funciones como asistente, no enamorarlo —responde Amaya con una firmeza impecable.

—Eso dicen todas.

—Zoe —la interrumpo.

Zoe gira hacia mí con una sonrisa que no llega a ser del todo amable.

—Tranquilo, solo protejo lo que es mío.

La frase queda suspendida en el despacho. No la contradigo, pero tampoco la confirmo.

—Nos vemos esta noche en casa —añade antes de marcharse.

La puerta se cierra y, por un instante, la oficina parece más pequeña.

Amaya recoge su IPad con movimientos precisos.

—¿Algo más, señor Blackwood?

El tono ha regresado exactamente a donde siempre estuvo: profesional.

—No.

Se dirige hacia la puerta.

—Señorita Calderón.

Se detiene, aunque no llega a girarse por completo.

—Sobre Zoe...

Me interrumpe con una serenidad que no esperaba.

—No se preocupe. Sé lo que me dirá: es su vida personal y no tengo por qué intervenir.

La puerta se cierra tras ella antes de que pueda corregir su interpretación… No era eso lo que iba a decir.

Permanezco inmóvil, observando el espacio vacío donde estaba apenas unos segundos atrás. Yo solo pretendía aclararle que Zoe es mi hermana.

Paso el resto del día observándola sin que lo note. Trabaja con una eficacia impecable y es demasiado competente.

Al caer la noche regresamos a la mansión en silencio. La ciudad se diluye tras el cristal del automóvil y el murmullo del motor es el único sonido entre nosotros. No me gusta dejar asuntos abiertos.

—Sobre Zoe —empiezo, con tono medido—. Es... una persona especial para mí.

Amaya asiente levemente, como si confirmara algo que ya sospechaba.

—Lo imaginé.

No es la respuesta que esperaba.

—No es lo que estás pensando.

Ella gira el rostro hacia mí, tranquila.

—No estoy pensando nada que no sea lógico. Hay vínculos que no se exhiben públicamente; lo entiendo.

«Vínculos que no se exhiben». Frunzo apenas el ceño.

—No tengo nada que ocultar.

—No me corresponde cuestionarlo —responde con serenidad—. Nuestro acuerdo es claro, no interferir en su vida personal; si hay alguien importante para usted, sabré mantener la discreción que tanto valora.

Decido guardar silencio. Explicarlo ahora parece inútil.

El automóvil se detiene frente a la mansión. Bajo primero y observo como ella rodea el vehículo y camina hacia la entrada sin vacilar.

Entramos. El vestíbulo nos recibe el mayordomo

—Cenaré en mi habitación —dice con naturalidad.

Asiento apenas.

—Buenas noches, señor Blackwood.

Me quedo observando cómo desaparece en el segundo piso. En cambio yo camino hacia el bar y me sirvo un vaso de whisky. Bebo un trago, pero el ardor no consigue apagar lo que insiste en repetirse en mi mente.

El instante en que casi cae sobre mí... En la que casi nos tocamos.

Aprieto el vaso con más fuerza de la necesaria, lo que me descoloca es que prefiere creer que soy un hombre con amoríos secretos.

Entonces lo escucho… Un golpe seco en el piso superior, seguido de un grito que rompe la quietud de la casa. No dudo ni un segundo y subo las escaleras sin pensar.

Abro la puerta de mi habitación sin anunciarme y lo siguiente que ocurre es Amaya lanzándose hacia mí. Se aferra con fuerza, sus brazos rodean mi cuello y sus piernas se enredan en mi cintura. Su respiración está descontrolada, su corazón golpea contra mi pecho y, el mundo se reduce al calor de su cuerpo y a una pregunta peligrosamente simple: ¿Qué pasó?

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