Seguiras mirandome

**FREDERY**

Desde la oficina de mi asistente veo cómo la puerta del ascensor se cierra, disipando la imagen de ella. El leve eco metálico marca el final de su presencia en este piso, pero no de mi interés.

No me muevo de inmediato. Permanezco junto al ventanal, con las manos relajadas en los bolsillos, observando la entrada de la empresa, abajo, su figura atraviesa el lobby con pasos apresurados.

Cualquier otra habría volteado buscando una señal de que lo que está pasando no es real. En cambio, ella no, sigue actuando como si el control le perteneciera… Que interesante persona.

—Señor —dice Marcus a mi espalda, rompiendo la quietud con prudencia—, ¿la dejará ir, así no más? Técnicamente ya empezó a trabajar como su asistente.

Una sonrisa mínima se dibuja en mi rostro y la veo cruzar las puertas giratorias.

—Podríamos reemplazarla hoy mismo —agrega Marcus—. Hay otras candidatas esperando.

Finalmente me giro y lo observo.

—¿Alguna de ellas sostuvo mi mirada como lo hizo ella?

Marcus guarda silencio.

Camino despacio hacia mi oficina, sin rastro de prisa. Tomo el contrato firmado y deslizo mis dedos por la tinta de su firma.

—Las demás quieren el prestigio o el lujo que rodea esta empresa —digo con calma—. En cambio ella...

—Ella quiere salvar a su abuela — responde Marcus

Asiento lentamente.

—Exactamente y eso la vuelve peligrosa.

Percibo la confusión en su expresión.

—¿Peligrosa?

—Una persona que actúa por ambición es predecible. Puedes comprarla con más dinero, más poder o más estatus. Pero alguien que está dispuesto a destruirse por salvar a la única persona que ama… suelen convertirse en el tipo de problema que nadie ve venir.

Marcus guarda silencio, atento.

—Firmó un matrimonio con un desconocido en menos de diez minutos —continúo—. Por su abuela y eso significa que si algún día siente que ella vuelve a estar en riesgo… romperá cualquier regla que imponga.

Fijo la mirada al ventanal de mi oficina.

—Entonces… ¿la dejará ir? —insiste Marcus.

Lo miro de reojo.

—Por hoy si —respondo con calma. —Va al hospital.

Marcus se acerca apenas, bajando la voz como si las paredes pudieran escuchar.

—Podría ser más prudente mantenerla bajo supervisión desde ahora.

Sonrío levemente ante la sugerencia.

—¿Vigilarla?

—Asegurarnos de que no escape.

—No contraté a una fugitiva, Marcus. Contraté a alguien que entiende las reglas cuando las necesita.

Sostengo su mirada lo suficiente para que comprenda que no hay improvisación en mis decisiones.

—Ella sabe exactamente lo que firmó.

Deslizo la mirada hacia el reloj en mi muñeca. Las agujas avanzan con precisión matemática. El tiempo, como el dinero, solo es valioso cuando se administra bien.

—Realiza la transferencia de los cincuenta mil al hospital.

Marcus ejecuta la orden de inmediato.

—¿Está seguro de involucrarse así?

Lo observo con serenidad.

—No me involucro —respondo—. Invierto.

Camino hacia el escritorio; las proyecciones del trimestre esperan revisión en la pantalla. Tomo el informe y lo dejo a un lado sin sentarme todavía. No necesito leerlo para saber que todo está en orden.

—¿Cree que esto resolverá el problema con su madre? —insiste Marcus.

No me molesta la pregunta, me molesta la duda implícita.

—Resolverá todo.

Me quito el saco y lo coloco sobre el respaldo de la silla.

—Mi madre quiere que este casado —continúo—. Los inversionistas quieren ganancia. La prensa quiere una historia cliché a la de cenicienta. Yo les daré eso.

Marcus cruza las manos frente a él.

—Y cree que un matrimonio por contrato proporcionará eso.

Me apoyo en el borde del escritorio.

—Un matrimonio estratégico proporciona exactamente lo que se firma.

Camino lentamente alrededor del escritorio.

—El amor es una distracción —digo con serenidad—. El destino es una excusa para quienes no planifican y los sentimientos… son variables inestables que distorsionan cualquier estructura sólida.

Marcus toma asiento frente a mi escritorio con una confianza que nadie más se permitiría. Esa es la diferencia entre un empleado y el hombre que ha estado a mi lado durante más de una década. Oficialmente es mi asistente ejecutivo. Extraoficialmente… es el único amigo que tolero.

—Las variables inestables también alteran resultados esperados —dice con calma.

—Por eso se controlan antes de que representen pérdidas.

Marcus inclina la mirada hacia el contrato firmado por Amaya.

—Con respeto, señor… las personas no funcionan como balances financieros.

Una sonrisa mínima roza mis labios.

—No. Son activos o pasivos. Todo depende de cómo estructures el acuerdo correcto.

Él suelta una risa baja y niega con la cabeza, como si ya conociera demasiado bien mi forma de pensar.

—Algún día deberías escuchar cómo suenas cuando hablas de relaciones humanas.

—Y tú deberías recordar quién paga tu salario.

—Por eso dije con respeto antes de insultar tu estabilidad emocional.

Mi sonrisa se amplía apenas.

El silencio cae por unos segundos antes de que Marcus vuelva a mirar el contrato.

—¿Y si algo cambia?

Casi sonrío.

—Nada cambia. Para eso agregué una cláusula.

Marcus ladea la cabeza.

—Eso supone que siempre tendrás el control.

Lo observo fijamente.

—Siempre lo tengo.

—Eso mismo pensaste cuando aceptaste dirigir la compañía a los veintiocho y casi provocas una guerra con el consejo.

—Y terminé ganando.

Me apoyo contra el escritorio.

—El caos también puede administrarse.

Marcus entrelaza las manos y finalmente formula la pregunta que lleva conteniendo desde que Amaya se fue.

—¿Y si te enamoras?

Esta vez sonrío, pero no hay humor en el gesto.

—No confundo inversión con afecto.

Marcus me observa demasiado tiempo.

—Eso no respondió mi pregunta.

Mi mandíbula se tensa.

—No ocurrirá.

—¿Porque no puede… o porque te aterra que sí pueda pasar?

Me acerco para recordarle que, aunque sea mi amigo… sigue entrando en territorio peligroso.

—Ten cuidado con la siguiente pregunta que hagas.

Marcus levanta ambas manos en rendición, aunque la sonrisa en su rostro me confirma que no está intimidado.

—Solo intento evitar que termines repitiendo la historia de tu padre.

El comentario borra cualquier rastro de humor de mi expresión.

Mi voz sale más fría.

—Yo jamás permitiría que una emoción me convierta en un hombre débil.

Marcus se pone de pie lentamente.

—Eso dijo tu padre antes de perder a tu madre…

El silencio se vuelve insoportable.

Marcus camina hacia la puerta y antes de salir añade:

—Solo recuerda algo, Fredery… las personas más peligrosas no son las que necesitan amor.

Entrecierro los ojos.

—¿Entonces cuáles son?

Su mirada se clava en la mía.

—Las que están convencidas de que jamás lo necesitarán.

La puerta se cierra.

Al día siguiente

llego al registro civil diez minutos antes de la hora acordada. Llevo puesto un traje gris oscuro, documentos organizados en una carpeta de cuero negro; los testigos han sido seleccionados con discreción absoluta; ninguno pertenece al círculo mediático, ninguno hará preguntas innecesarias.

El reloj en la pared marca la hora exacta y Marcus revisa su móvil con discreción.

—Aún no llega.

Asiento apenas.

Cinco minutos no significan nada. Las personas suelen confundirse cuando creen que el tiempo es flexible.

Diez minutos después, mi mandíbula se tensa apenas.

—¿Quiere que la llame? —pregunta Marcus en voz baja.

—No.

Quince minutos después la veo cruzar la entrada con el cabello recogido sin demasiada dedicación, como si lo hubiera asegurado con prisa. Ojeras visibles que no logra disimular. La respiración contenida, el paso firme pero agotado. No lleva la expresión nerviosa de una novia.

No parece una mujer que vaya a casarse, parece alguien que viene de resistir una noche difícil.

Se detiene frente a mí y sostiene mi mirada, aunque su pecho aún sube y baja con esfuerzo.

—Llegas tarde —digo con tono neutro.

Ella intenta ordenar el aire en sus pulmones antes de responder.

—Me quedé en el hospital —dice finalmente—. Tenía que monitorear el estado de mi abuela después de la operación. Lucas… mi amigo… no quiso despertarme porque me vio cansada y perdí la alarma.

—El horario no cambia por excusas personales —respondo con calma medida.

No elevo la voz; no es necesario. Las reglas no necesitan dramatismo para imponerse.

Sus ojos se endurecen de inmediato.

—Mi abuela no es una excusa.

El aire entre nosotros se vuelve más denso. Marcus, con buen instinto, retrocede un paso. Me acerco lo suficiente para que solo ella escuche.

—A partir de hoy —murmuro— cada acción tuya impacta mi nombre.

La sostengo con la mirada, evaluando la solidez de su postura. No tiembla, pero tampoco se disculpa más de lo estrictamente necesario.

Eso me agrada. La mayoría, en este punto, bajaría la voz. Buscaría aprobación.

Asiento levemente hacia el pasillo lateral.

—Te están esperando.

Frunce el ceño.

—¿Quiénes?

—No permitiré que mi esposa firme un matrimonio luciendo como si hubiera escapado de una guardia nocturna… o de una crisis financiera más evidente de la que ya tiene.

Sus ojos se estrechan.

—Qué encantador.

—La honestidad rara vez lo es.

Sin esperar otra respuesta, hago una leve inclinación de cabeza hacia la puerta lateral.

—Entra.

Amaya duda apenas un segundo antes de avanzar. Dentro de la sala privada ya la esperan dos estilistas que Marcus contrató con la discreción habitual y un vestido sobrio.

—¿Esto también está en el contrato? —pregunta con evidente irritación.

—No. Esto se llama evitar titulares innecesarios.

Su expresión me deja claro que, si pudiera golpearme sin consecuencias legales, probablemente lo haría.

Curiosamente, esa idea casi me divierte.

La puerta se cierra detrás de ella y aprovecho el tiempo revisando desde mi móvil los últimos detalles de la recepción de esta noche… Mi madre llegará exactamente a las ocho. Todo está funcionando según el plan.

Una hora después, la puerta se abre: Levanto la vista… y por un instante olvido revisar el siguiente correo.

El cambio es evidente.

El vestido abraza su figura con una elegancia sobria, su cabello cae con suavidad sobre sus hombros y el maquillaje apenas resalta lo que ya estaba allí desde el principio: una belleza que ella parece ignorar por completo.

Avanza hacia mí y la observo en silencio unos segundos más de lo necesario, porque la imagen es demasiado peligrosa.

—¿Qué? —pregunta al notar mi silencio.

Parpadeo una vez y recupero la compostura.

—Nada.

La ceremonia transcurre sin matices emocionales. El funcionario lee los votos y nosotros asentimos cuando corresponde y entonces firmamos el acta.

Cuando deslizo el anillo por su dedo, noto que el metal encaja en su lugar como una cláusula final que sella el acuerdo.

El funcionario declara oficialmente que somos esposos.

Al salir del registro civil, ajusto los gemelos de mi camisa mientras los fotógrafos autorizados capturan las imágenes necesarias.

—Esta noche iremos a una gala benéfica —le informo mientras descendemos los escalones.

Ella parpadea.

—¿Esta noche?

Percibo la sorpresa. También el nerviosismo que intenta disimular.

—La fundación Blackwood organiza el evento cada año. Mi madre estará presente.

Permanece en silencio unos segundos, asimilando lo que implica aparecer públicamente como mi esposa apenas horas después de firmar.

Durante el trayecto a la mansión, observo su perfil reflejado en la ventana. La luz de la ciudad dibuja sombras suaves en su rostro y le da una calma que no sé si es real o ensayada.

—¿Hasta cuándo seguirás mirándome? o ¿Acaso te enamoraste de tu nueva esposa? —pregunta sin volverse.

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