Las llamas anaranjadas crepitaban bajo el cielo estrellado de Varadero, proyectando sombras danzantes sobre los rostros de Alexander, Daniela y Pitri. La hoguera iluminaba la fachada de la casa de madera que ahora sería su hogar definitivo, sus ventanas reflejando el fuego como ojos brillantes en la noche. Alexander alimentaba las llamas con meticulosidad de archivista, hoja por hoja, documento por documento, dejando que años de secretos de estado se convirtieran en cenizas que la brisa marina