El motor del Porsche 911 rugió por última vez antes de que Alexander lo apagara frente a la casa semiderruida. El aire cálido de la tarde traía consigo el olor a madera quemada mezclado con el barniz fresco que alguien -sin duda Daniela- había aplicado recientemente en los marcos de las ventanas.
La fachada de la casa mostraba su dualidad: un lado carbonizado por el incendio, con las vigas al descubierto como costillas rotas; el otro lado, en proceso de reconstrucción, con andamios que se af