El atardecer teñía de oro líquido la playa privada de la casa de Santa Cruz del Norte. Las olas susurraban contra la orilla, arrastrando pétalos de flamboyán que marcaban el camino hacia el arco de madera driftwood donde Alexander esperaba, vestido de lino blanco, como en aquella primera boda.
Daniela pisó la arena blanca, el vestido de encaje sencillo ondeando alrededor de sus piernas. No llevaba velo—nunca había sido de tradiciones—sino una flor blanca entre el cabello suelto, la misma que Pi