La luz de la mañana se colaba por las ventanas altas de la cabaña, tiñendo las sábanas de un blanco cálido. Isabella despertó en brazos de Alex, con el corazón por fin latiendo en un ritmo que no se sentía como alarma. Por un instante, todo era calma.
—¿Dormiste algo? —preguntó él, acariciando suavemente su espalda.
—Más de lo que creí posible —susurró, todavía acurrucada—. No recordaba cómo se sentía esto… la paz.
—Ni yo.
Ambos rieron apenas, como si reír fuera un lujo secreto que no querían g