—¡Maurice, ríndete! —gritó Alex, con el arma en alto, mientras Isabella seguía apoyada contra él, aún débil, respirando con dificultad.
Maurice permanecía de pie, inmóvil, a apenas cinco metros del núcleo central. La luz azul pulsaba detrás de él, reflejándose en sus ojos. Ya no tenía el bisturí en las manos. Solo algo más peligroso: una expresión de serenidad absoluta.
—No lo entienden —murmuró con voz grave—. No es cuestión de rendirse. Todo esto… era inevitable.
—¡Baja las manos! —ordenó Dan