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El sol de Apulia quema, pero no tanto como el secreto que Pablo Rizzo guarda en el bolsillo de su chaqueta. Es un sobre pequeño, un papel térmico con una mancha borrosa que, para cualquier otro, no significaría nada. Para él, es el inicio de todo.
—Voy a ser papá, Martin — susurra Pablo, con la voz quebrada por una alegría que apenas puede contener.
A su lado, su hermano mayor, Martin, aprieta el volante del vehículo oficial. Sus ojos, endurecidos por años en la fuerza, se suavizan por un instante.
—Felicidades, renacuajo. Pero guarda esa sonrisa. Estamos a dos kilómetros del complejo de Apolo Greco. Si esto sale bien, hoy mismo le ponemos fin a ese reinado de sangre.
Pablo asiente, sintiendo el peso de su placa de capitán contra el pecho. En la parte trasera de la furgoneta, el equipo de asalto revisa sus armas. Entre ellos está Cianna, su prometida, su compañera de vida y de armas. Ella le guiña un ojo, con el cabello recogido bajo el casco táctico. Se ve hermosa incluso rodeada de acero y pólvora.
—Concéntrate, Rizzo —le dice ella con una sonrisa ladeada—. Tenemos un futuro que proteger.
Al llegar al complejo, el aire se vuelve denso. La operación de aprehensión contra el jefe de la mafia italiana debería ser quirúrgica, pero algo se siente mal. El silencio es demasiado absoluto.
—¡Hay civiles en el perímetro! —grita Martin por la radio, su voz cargada de urgencia—. ¡Pablo, veo chicos en el ala oeste! ¡No disparen!
Pablo se lanza fuera del vehículo. El caos estalla en un segundo. Gritos, órdenes contradictorias y, de repente, el sonido que lo cambiará todo: un pitido agudo, metálico, que nace desde las entrañas del edificio.
—¡Cianna, sal de ahí! —aúlla Pablo, corriendo hacia la entrada.
En medio del humo, sus ojos encuentran a una joven. Es pequeña, con el cabello rojizo cortado a la altura de los hombros y un vestido de seda que parece fuera de lugar en ese matadero. Está paralizada, con los ojos abiertos de par en par, mirando hacia el techo que empieza a ceder.
Pablo no lo piensa. No sabe quién es ella. No sabe que lleva la sangre del hombre que busca. Solo ve una vida que salvar.
—¡Abajo! — grita, lanzándose sobre la desconocida justo cuando el mundo se parte en dos.
BOOM.
La explosión lo lanza por los aires. El calor es una bestia que le lame la espalda. Pablo aterriza con fuerza, protegiendo el cuerpo de la chica bajo el suyo. El polvo de ladrillo y el olor a carne quemada inundan sus pulmones.
Aturdido, Pablo se levanta sobre sus codos. La joven que salvó se sacude el polvo, mirando con desdén su vestido roto.
—Mi vestido... está arruinado —se queja ella con una voz chillona y caprichosa, ignorando los cadáveres a su alrededor. Se pone en pie y se aleja hacia unos hombres que la esperan en las sombras, sin siquiera darle las gracias al hombre que arriesgó su vida por ella.
Pablo intenta llamarla, pero su voz no sale. Sus ojos viajan hacia el lugar donde debería estar la brecha de entrada.
Donde debería estar Cianna.
—¿Cianna? —murmura, gateando sobre los escombros calientes.
—¡Pablo, no entres! — Martin lo sujeta por los hombros, con el rostro desencajado y manchado de hollín.
—¡Suéltame! ¡Ella está ahí dentro! ¡Cianna está ahí dentro!
Pero no hay nada a qué entrar. El ala donde su prometida operaba ha colapsado por completo. Pablo se desploma de rodillas, con las manos ensangrentadas rascando la tierra. En el suelo, justo frente a él, brilla algo entre las cenizas: es el anillo de compromiso que Cianna nunca se quitaba.
Pablo Rizzo levanta la vista hacia la dirección en la que se fue la chica del vestido de seda. En ese momento, no sabe que ella es la hija de Apolo Greco. Solo sabe que, por salvar a esa desconocida insignificante, ha dejado morir a la mujer que amaba y al hijo que nunca llegará a conocer.
El hombre que era hace cinco minutos ha muerto. En su lugar, solo queda un capitán de policía con el alma envenenada por una promesa: destruir a quien sea que haya causado este infierno.







