El aire de la noche en la terraza de la mansión estaba cargado de humedad y del aroma dulce de los jazmines, pero para Pablo, el ambiente era irrespirable. Llevaba dos horas siguiendo a Isabella por una gala benéfica organizada por su madre, Atenas Greco, y la joven no había dejado de desafiar cada una de sus instrucciones.
—Le dije que no se alejara de la zona iluminada, señorita —gruñó Pablo, alcanzándola cerca de la balaustrada de piedra que daba a los acantilados—. Hay informes de movimient