La fiera en la jaula

 

El frío de la noche en Apulia golpeaba el rostro de Isabella mientras era arrastrada por el jardín húmedo. Sus pies, calzados en tacones de diseñador, tropezaban con las raíces de los olivos antiguos, pero no emitía ni un solo quejido. El hombre que la sujetaba por el brazo izquierdo era alto, de hombros anchos y movimientos tácticos que delataban un entrenamiento profesional, muy alejado de la torpeza de los matones comunes.

—Caminen más rápido, el perímetro está a punto de cerrarse —ordenó una voz ronca a través de un comunicador.

Isabella sintió la presión del metal de una pistola contra su costilla. Cualquiera en su posición estaría suplicando por su vida, llorando por su padre o prometiendo oro a cambio de libertad. Pero ella, tras el antifaz de encaje, mantenía una respiración rítmica, casi hipnótica.

Cuando llegaron a una furgoneta negra estacionada en un camino de tierra oculto por la maleza, el sujeto que la sostenía intentó empujarla hacia el interior. En ese microsegundo de desequilibrio, Isabella actuó. No usó la fuerza, sino la precisión. Se giró con una agilidad felina y hundió sus dientes en la base del pulgar del hombre, justo en el tendón.

El grito de dolor del captor resonó en la arboleda. Él intentó zafarse, pero ella apretó más, sintiendo el sabor metálico de la sangre llenar su boca.

—¡Maldita perra! —rugió el hombre, dándole un empellón que la hizo caer de espaldas dentro del vehículo.

Isabella se incorporó con lentitud, limpiándose una mancha de sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano. A pesar de que sus manos estaban ahora atadas con bridas de plástico, una sonrisa gélida se dibujó en su rostro.

—Eso es solo el principio —dijo ella, con una calma que erizó los vellos del tercer hombre que cerraba la puerta—. Deberían revisar sus seguros de vida. Mi padre no paga rescates; él paga funerales. Y el de ustedes va a ser a ataúd cerrado.

—Cierra la boca, Greco —escupió el que había sido mordido, envolviéndose la mano en un trapo sucio—. No tienes idea de con quién te estás metiendo.

Isabella soltó una carcajada cristalina, una nota discordante en medio de la tensión del secuestro. Se recostó contra la pared metálica de la furgoneta, observando a sus tres captores con una superioridad que los descolocaba.

—Ustedes no son mafiosos —sentenció ella, analizando sus posturas—. Se mueven como sombras, hablan con códigos y tienen ese olor rancio a justicia que tanto me asquea. Son perros con collar intentando morder a una loba. ¿Qué buscan? ¿Venganza? ¿Justicia por algún compañero caído en las misiones de la frontera?

Uno de los hombres, el más joven, apretó la mandíbula. El odio en sus ojos era palpable, una llama viva que Isabella alimentaba con cada palabra. Él se acercó a ella, agarrándola del cabello rojizo con violencia y tirando de su cabeza hacia atrás. Con un movimiento brusco, le arrancó el antifaz de encaje, revelando por fin el rostro completo de la menor de los Greco.

Su belleza era insultante. Tenía una piel de porcelana que contrastaba con el fuego de su cabello y unos ojos que, lejos de mostrar terror, brillaban con un desafío casi psicópata.

—Mírenla bien —dijo el captor, hablándoles a sus compañeros—. Esta es la joya de Apolo Greco. Mientras nosotros enterramos a nuestros hermanos, ella baila sobre sus tumbas con vestidos que cuestan más que nuestras vidas. Tu familia es un cáncer, Isabella. Y hoy empezamos la quimioterapia.

—Qué discurso tan poético —provocó ella, ignorando el dolor en su cuero cabelludo—. Casi me haces llorar. Pero dime, ¿tu "hermano" murió por un disparo o fue en una de esas explosiones tan ruidosas que a mi padre tanto le gustan? Porque si fue lo segundo, espero que al menos hayan recogido todas las piezas.

El impacto fue seco. La bofetada le giró la cara hacia un lado, haciendo que el sonido del golpe resonara en el espacio confinado de la furgoneta. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el motor del vehículo avanzando por la carretera secundaria.

Isabella permaneció con el rostro girado por unos segundos. Lentamente, volvió la vista hacia el hombre que la había golpeado. Su labio inferior estaba partido y una gota de sangre fresca comenzaba a rodar por su mentón. En lugar de encogerse, Isabella sacó la lengua, lamió el labio roto y saboreó su propia sangre.

—¿Eso es todo lo que tienes? —preguntó, con una mirada que irradiaba una seducción peligrosa y demente—. Vuelve a hacerlo. Golpéame otra vez. Demuéstrame que tu odio es más fuerte que tu miedo a lo que mi hermano Matheo te hará cuando te encuentre. Porque él no te dará una bofetada. Él te arrancará la piel centímetro a centímetro mientras me obligas a mirar.

El captor levantó la mano de nuevo, cegado por la furia, pero el líder del grupo lo detuvo agarrándolo de la muñeca.

—Basta. No caigas en su juego. Eso es lo que ella quiere, que perdamos el control. Ella no es una víctima, es un arma. Mantén la distancia.

Isabella se relajó contra el panel, cerrando los ojos por un momento. Por dentro, su corazón latía con fuerza, pero no por miedo, sino por la adrenalina del conflicto. Sabía que cada minuto que pasaba era un minuto que su familia usaba para rastrear la señal que ella misma había activado antes de salir al jardín.

"Vengan por mí", pensó, imaginando el rastro de sangre que dejarían los Greco a su paso. "Vengan y demuéstrenles a estos hombres de honor lo que sucede cuando tocas lo que no te pertenece".

Afuera, la nevada empezaba a cubrir los campos de Apulia, ocultando el rastro de la furgoneta que se dirigía hacia las montañas, hacia una cabaña que se convertiría en el escenario de una guerra que apenas comenzaba. Isabella sonrió para sus adentros. La noche era joven, y ella todavía tenía mucha sangre que lamer.

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