El turno de noche en la mansión Greco siempre era el más silencioso, pero para Pablo, era el momento en que sus pensamientos se volvían más ruidosos. Estaba apostado frente a la puerta de la suite de Isabella, vigilando un pasillo que olía a cera de muebles cara y a historia sangrienta.
De repente, un grito agudo, capaz de romper los cristales de las lámparas de Murano, rasgó el silencio.
—¡Aaaah! ¡Quítamela! ¡Rizzo! ¡Auxilio!
Pablo no lo pensó. Su entrenamiento de capitán se activó antes que su