—¡Me ha intentado asesinar! ¡Ha sido un magnicidio! ¡Un atentado en mi propia casa!
La voz de Isabella resonaba por los pasillos de mármol como una sirena de niebla. Envuelta en una bata de seda blanca que le quedaba tres tallas grande y con el cabello rojizo pegado a la cara como algas marinas, Isabella señalaba con un dedo acusador a Pablo, quien permanecía de pie en el centro del salón, empapado de pies a cabeza y con una expresión de santa paciencia.
Matheo, sentado en un sillón de cuero co