El centro comercial de lujo en el corazón de Apulia era un laberinto de cristal, espejos y seguridad privada. Para Isabella, era su patio de recreo; para Pablo, era una pesadilla táctica con demasiados puntos ciegos.
—No se aleje más de dos metros, señorita. Se lo he dicho tres veces —advirtió Pablo, ajustándose el pinganillo mientras esquivaba a una pareja de turistas.
Isabella, escondida tras unas gafas de sol de montura ancha y cargada con bolsas de firmas exclusivas, le lanzó una mirada de