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El eco de los escombros

 

La mansión Greco se había transformado en un centro de comando de guerra. Los teléfonos no dejaban de sonar y el tintineo de las armas siendo cargadas era el único ritmo que seguían los hombres de seguridad. Matheo caminaba de un lado a otro frente a una pantalla táctil, gritando órdenes a sus contactos en la policía estatal y en los bajos fondos.

—¡Quiero cada cámara de la autopista A14 revisada! ¡Si un solo coche se movió sin que lo viéramos, quiero la cabeza del responsable! —rugía Matheo, golpeando la mesa.

En ese momento, las puertas dobles del salón se abrieron de par en par. El aire pareció congelarse. Apolo Greco entró en la estancia. No gritaba, no gesticulaba. Su silencio era mucho más aterrador que la furia de su hijo.

—Basta de ruidos, Matheo —dijo Apolo con una voz gélida que cortó el ambiente—. Han tocado mi sangre. Han entrado en mi casa y se han llevado a mi luz. No quiero informes, quiero a mi hija frente a mí antes de que el sol salga.

Apolo se giró hacia Pablo, quien permanecía firme a un lado, observando el despliegue con ojos analíticos.

—Tú, Rizzo —dijo el patriarca, señalándolo con un dedo enjoyado—. Matheo dice que eres eficiente. Que no tienes miedo a ensuciarte. Ve con él. Si Isabella tiene un solo rasguño, asegúrate de que quienes la tocaron rueguen por una muerte rápida.

—Dalo por hecho, señor —respondió Pablo, con la voz plana, ocultando el torbellino de odio que sentía por el hombre que tenía enfrente

Minutos después, la señal de rastreo que Isabella había activado parpadeó en la pantalla de na tableta. Estaban en una zona de cabañas de caza, a pocos kilómetros de la frontera norte de la provincia. La nieve empezaba a cuajar sobre el asfalto mientras el convoy de los Greco avanzaba a toda velocidad.

—¡Ahí está! —gritó Matheo, señalando una estructura de madera vieja en medio de un claro—. ¡Rizzo, por la izquierda! ¡No esperen refuerzos, entren ya!

Pablo no esperó a que se lo dijeran dos veces. Pateó la puerta trasera de la cabaña con una fuerza brutal. El estallido de la madera fue seguido por gritos y disparos sordos. Los captores, tomados por sorpresa, apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Pablo se movió con una precisión quirúrgica, neutralizando a uno de los hombres con un golpe seco de la culata de su arma.

En el rincón de la habitación principal, atada a una silla de madera, estaba ella.

Isabella tenía la cabeza gacha. Su cabello rojizo, ahora revuelto y sucio, caía como una cortina ocultando su rostro. Uno de los secuestradores, desesperado, intentó alcanzarla para usarla como escudo, pero Pablo fue más rápido. Le disparó en la pierna y, antes de que el hombre cayera, Pablo lo remató con un rodillazo que lo dejó inconsciente.

—¡Isabella! —gritó Matheo, entrando por la parte delantera y ocupándose del resto de los hombres.

Pablo fue el primero en llegar a ella. El corazón le latía con una violencia que le dolía en las costillas. Había una tensión extraña en el aire, un presentimiento que le erizaba la piel. Ella no se movía. Su mejilla estaba inflamada, marcada por una bofetada reciente que le había partido el labio.

—Señorita... —susurró Pablo, su voz temblando por primera vez en cuatro años.

Él extendió una mano enguantada y, con una lentitud casi dolorosa, le apartó el mechón de cabello rojizo que le cubría la cara.

El mundo de Pablo Rizzo se detuvo.

El tiempo se contrajo y se expandió hasta volverse asfixiante. Aquellos ojos cerrados, la forma de su nariz, el lunar cerca de su oreja... No era una desconocida. No era solo la "hija de un mafioso".

Era ella.

Era la chica del vestido de seda. La joven que él había protegido con su cuerpo mientras el edificio volaba por los aires. La mujer por la que había decidido soltar la mano de Cianna.

—Eres tú... —exhaló Pablo, con el aliento atrapado en la garganta. El odio que había cultivado durante cuatro años chocó de frente con el recuerdo de aquel momento.

Isabella entreabrió los ojos con esfuerzo. La vista se le nublaba, el dolor de la bofetada y el agotamiento la estaban venciendo. Miró a Pablo, pero en su mirada no había reconocimiento. No vio al hombre que la salvó del fuego, ni al hombre que la había insultado en la fiesta hacía unas horas. Solo vio una silueta borrosa.

—Sácame de aquí... —susurró ella, apenas un hilo de voz antes de que sus ojos se pusieran en blanco.

Su cuerpo se desplomó hacia adelante, y Pablo la atrapó contra su pecho. El peso de Isabella en sus brazos se sintió como una losa de cemento. Era pequeña, frágil, y olía a una mezcla de miedo y aquel perfume caro que ahora se le antojaba amargo.

—¡Rizzo! ¡¿Está viva?! —Matheo llegó a su lado, jadeando, con las manos manchadas de sangre.

Pablo levantó la vista hacia el hermano de la chica. Sus ojos ardían con una furia renovada, pero esta vez era distinta. Era una rabia dirigida hacia el destino, hacia los Greco, y hacia sí mismo.

—Está viva —dijo Pablo, apretándola contra él con una posesividad que no pudo controlar—. Pero se ha desmayado.

—Llevémosla al coche. Mi padre quemará este bosque con tal de que ella esté a salvo —dijo Matheo, intentando tomarla de los brazos de Pablo.

—Yo la llevo —gruñó Pablo, apartando a Matheo con un hombro.

Caminó hacia la salida bajo la nieve que caía, cargando a su mayor enemiga en sus brazos. Cada paso que daba era un paso más profundo en el infierno. La mujer que había arruinado su vida estaba ahora bajo su protección, y por primera vez en su carrera como infiltrado, Pablo no sabía si quería entregarla... o simplemente dejarla desaparece

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