Mundo ficciónIniciar sesiónEl salón principal de la villa Greco es un despliegue de opulencia obscena. Arañas de cristal de Murano cuelgan del techo, iluminando a cientos de invitados que ocultan sus rostros tras encajes, plumas y oro. Pablo Rizzo se mueve entre la multitud con la elegancia de un depredador. Su máscara de cuero negro le da un aire peligroso que atrae miradas, pero su atención está en el auricular invisible que conecta con Martin.
—Matheo está en el balcón, distraído con los socios del norte —susurra Pablo, fingiendo que bebe de su copa de cristal—. Aún no hay rastro de la menor. El patriarca la tiene escondida en algún lugar de esta ratonera.
—Mantén la posición —responde la voz de Martin desde el cuartel—. El brindis es en diez minutos. Si ella es la joya de la corona, tendrá que aparecer.
Pablo se aparta hacia una zona más reservada del jardín para verificar el perímetro, cuando una figura le corta el paso. Es una mujer vestida con un traje de seda color esmeralda que abraza sus curvas. Lleva un antifaz de encaje negro que solo deja ver unos labios pintados de un rojo provocativo y una melena rojiza, larga y brillante, que cae sobre sus hombros.
—Tú. El de seguridad nueva —dice ella, con una voz cargada de una arrogancia que a Pablo le resulta irritante de inmediato—. Estás en un área restringida para el personal. Deberías estar vigilando la puerta principal, no bebiendo el champán de mi padre.
Pablo la recorre con la mirada, desde los tacones de diseñador hasta el mentón en alto. Hay algo en su tono, una mezcla de mimo y autoridad, que le revuelve el estómago.
—Lo siento, "señorita" —responde Pablo, con una ironía que no intenta ocultar—. Pero recibo órdenes directas de Matheo. Y él me pidió que vigilara este sector. Si le molesta mi presencia, puede quejarse con él... si es que se atreve a interrumpirlo.
La chica da un paso al frente, acortando la distancia. El perfume que emana es caro, floral, embriagador.
—No tientes a tu suerte, insolente. Un solo chasquido de mis dedos y estarás en la calle antes de que termine la noche. Estás despedido —sentencia ella, clavando sus ojos en los de él tras el antifaz.
Pablo suelta una risa seca, dando un paso más hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que ella tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Para despedirme, primero tendrías que saber quién soy. Y créeme, preciosa, a Matheo le sirvo mucho más de lo que tú podrías imaginar. Si quieres que me vaya, tendrás que arrastrarme tú misma.
Ella abre la boca, indignada, pero antes de que pueda responder, se da la vuelta con un bufido de desprecio y se aleja hacia el salón principal, haciendo que su melena rojiza ondee con cada paso.
—Vaya, vaya... — la voz de Matheo Greco surge de las sombras, acompañada de una carcajada—. Veo que ya has tenido el placer de conocer a la fiera de la familia.
Pablo se tensa, recuperando su máscara de frialdad.
—Es una mujer difícil de complacer, Matheo.
—Es mi hermana pequeña, Isabella —dice Matheo, dándole una palmada en el hombro mientras mira en la dirección por la que ella se fue—. Es el dolor de cabeza favorito de mi padre. Has tenido un buen comienzo, Rizzo. Caerle mal a Isabella es casi un rito de iniciación en esta casa. No te lo tomes como algo personal, es una consentida de cuidado.
Pablo siente un golpe de adrenalina. Isabella Greco. La pieza que faltaba en el tablero. Pero antes de que pueda procesar la información o intentar seguirla para ver su rostro sin la máscara, el ambiente de la fiesta cambia drásticamente.
La música clásica se detiene en seco. Un silencio sepulcral cae sobre el salón, roto solo por el sonido de unos tacones corriendo desesperadamente sobre el mármol.
—¡Matheo! ¡Papá! — el grito de Ally Greco desgarra el aire.
Ally entra al salón con el rostro desencajado y el vestido manchado de algo que parece barro. Se tambalea hacia su hermano mayor, señalando hacia los jardines traseros.
—¿Qué pasa, Ally? ¡Habla! —exige Matheo, agarrándola por los brazos.
—¡Se la llevaron! ¡Unos hombres... saltaron el muro del jardín este! ¡Se llevaron a Isabella!
El caos estalla. Los invitados gritan, los guardias de los Greco sacan sus armas y Apolo Greco aparece en la parte superior de las escaleras con el rostro transfigurado por la furia y el terror.
Pablo se queda petrificado por un segundo. Su mente viaja a toda velocidad. Isabella. La chica del cabello rojizo. La que acababa de insultarlo. La que él, según el plan, debía utilizar para llegar a la cima.
—¡Rizzo, conmigo! —ruge Matheo, sacando su pistola—. Si le pasa algo a mi hermana, esta ciudad va a arder.
Pablo asiente y corre tras él, pero por dentro, una chispa oscura se enciende. No sabe por qué esa chica le resulta tan familiar, ni por qué el nombre de "Isabella" resuena en sus oídos con el eco de una explosión de hace cuatro años. Solo sabe que su "secuestro" planeado acaba de volverse real, y que esta es la oportunidad perfecta para convertirse en el héroe que los Greco necesitan... para luego destruirlos desde adentro.







