Mundo ficciónIniciar sesiónSelena se vio obligada a vivir como ama de casa luego de que su esposo le prohibiera trabajar con el argumento de que “el lugar de una mujer está en casa”. Su vida era asfixiante hasta que un día el jefe de su esposo fue de visita a su casa. Por pura casualidad, Selena recibió al invitado vestida con un sencillo y ligero vestido de casa, lo que dejó fascinado a Harris, el jefe de su esposo. A partir de ese momento, su vida dio un giro radical. Selena recibió una oferta para trabajar como secretaria personal. Parecía una oportunidad, pero también era una trampa. Lo que comenzó como una simple vía de escape de la rutina doméstica la fue arrastrando a un romance prohibido con su jefe. Mientras tanto, su esposo, quien en un principio se había opuesto con firmeza a que trabajara, decidió hacer la vista gorda en aras de sus propias ambiciones de ascenso. Entre dilemas morales y una pasión irrefrenable, todos quedaron atrapados en un juego que amenazaba con destrozar el matrimonio.
Leer más—Pero yo tampoco tengo tanto dinero —murmuró Anton.—¡Ay, Anton! Los dos trabajan —dijo Tory mientras alzaba las manos—. ¿Cómo es posible que no tengan unos míseros quince mil dólares de sobra? ¿De qué sirve tener dos sueldos si nunca tienen dinero? Si va a ser así, ¡más vale que uno de ustedes se quede en casa!Sin importar lo que Tory entendiera por trabajar, estaba convencida de que el dinero debía aparecer por arte de magia en cuanto lo exigiera.—Ahora eres gerente y tú mismo dijiste que Selena gana una fortuna. Ni siquiera tienen hijos que mantener; ¿adónde se va todo su dinero? Dios no va a bendecir a una pareja que les escatima el dinero a sus propios padres.Había que tener descaro para meter bendiciones divinas en una conversación motivada por su codicia.—Está bien. Ya veré qué hacer. —Anton terminó por ceder.—Ese es mi hijo. Así es como te aseguras de que las oraciones de tus padres bendigan tu esfuerzo.Anton no tuvo más remedio que asentir, resignado. No quería ni calcul
—¿Qué pasa? Habla conmigo —le exigió Harris con preocupación.—Solo quiero irme.—Iré a buscarte.Selena contuvo el aliento; conocía a Harris lo bastante bien como para saber que no hacía amenazas vacías.—No lo hagas —le rogó—. Por favor. Nos vemos mañana temprano en la oficina.Al otro lado de la línea, Harris suspiró con frustración.—¿Estás segura de esto?—Sí. Estoy cansada. Solo quiero dormir.—Está bien. Pero te esperaré en la oficina a primera hora de la mañana.—De acuerdo.Selena cortó la llamada y apagó el celular. Se cubrió la cabeza con el edredón y lloró en silencio.Las palabras de Harris volvieron a resonar en su mente: “Si te divorcias de él, me casaré contigo”.Selena sacudió la cabeza bajo las sábanas. Sabía lo fácil que era para los hombres hacer promesas bonitas cuando querían conquistar a una mujer.Anton fue exactamente igual en su momento. Antes de casarse, hablaba con dulzura y le prometía un futuro perfecto.¿Y qué le trajo?Traición. Anton había cambiado.—Mi
—Señor Robinson.Tanto Selena como Anton se quedaron paralizados ante la inesperada aparición de Harris.—Sí —respondió Harris. Su mirada penetrante bastó para disipar la tensión; luego se dio la vuelta y desapareció en su oficina.Anton le lanzó a Selena una mirada venenosa y se fue echando chispas. ¿Cómo se atrevía su esposa a negarle el efectivo a su madre? De todas formas, ni que esos cinco mil dólares del otro día hubieran salido de su bolsillo.Selena entró a la oficina de Harris y puso agua a hervir en silencio. Se quedó junto al mostrador, esperando en medio de un silencio denso y sofocante. Tras su escritorio, Harris parecía concentrado en su computadora portátil, aunque no dejaba de mirarla.—Su café —murmuró Selena al dejar la taza y se dio la vuelta para salir.—Siéntate —ordenó Harris.Selena no tenía energías para discutir. La cabeza le palpitaba con un dolor intenso y constante. Incluso se había preparado una taza de café, un gusto que rara vez se permitía en la oficina.
—Pero en serio, Carla, qué descarada —exclamó una de las mujeres con asombro.—Oigan, no me importa. Solo quería pruebas —respondió Carla y se encogió de hombros—. Además, últimamente me da mucho más dinero. La verdad, me sorprende que su esposa todavía no se haya dado cuenta de que lo ascendieron. O sea, ¿cómo puede ser tan ciega? ¿Hellooo?Las tres se echaron a reír.—Bueno, ya saben lo que dicen. Cuando una mujer no trabaja, se convierte en una mantenida sin cerebro que no hace más que quedarse sentada esperando que le den todo.—Más le vale prepararse para que la dejen en la calle.Selena y Fabiana intercambiaron una mirada. En esa oficina, absolutamente todos sabían quién era el compañero más cercano de Carla. Anton, el esposo de Selena.Fabiana agitó la cabeza en señal de disgusto. Selena, en cambio, sintió que el último hilo de su autocontrol se rompía. Un dolor punzante le atravesó el pecho.Así que así era como Anton hablaba de ella con su amante.—Ejem. —Selena carraspeó con
Último capítulo