Ama Sin Amor de Casa

Ama Sin Amor de CasaES

Hare Ra  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Selena se vio obligada a vivir como ama de casa luego de que su esposo le prohibiera trabajar con el argumento de que “el lugar de una mujer está en casa”. Su vida era asfixiante hasta que un día el jefe de su esposo fue de visita a su casa. Por pura casualidad, Selena recibió al invitado vestida con un sencillo y ligero vestido de casa, lo que dejó fascinado a Harris, el jefe de su esposo. A partir de ese momento, su vida dio un giro radical. Selena recibió una oferta para trabajar como secretaria personal. Parecía una oportunidad, pero también era una trampa. Lo que comenzó como una simple vía de escape de la rutina doméstica la fue arrastrando a un romance prohibido con su jefe. Mientras tanto, su esposo, quien en un principio se había opuesto con firmeza a que trabajara, decidió hacer la vista gorda en aras de sus propias ambiciones de ascenso. Entre dilemas morales y una pasión irrefrenable, todos quedaron atrapados en un juego que amenazaba con destrozar el matrimonio.

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Capítulo 1

Capítulo 1: Un invitado inesperado

¡Pum!

—¡Trabajo, trabajo! Todos los días te estás quejando y quejando de lo mismo —le reclamó Anton Roberts con furia a su esposa, Selena Gill.

Golpeó la mesa del comedor e hizo tintinear los platos, los cubiertos y los vasos. Le molestaba escuchar a su esposa quejarse todas las mañanas de que quería volver a trabajar; a fin de cuentas, él la mantenía.

—Me aburro en casa —respondió Selena.

Y siempre era lo mismo. El motivo de Selena nunca cambiaba; solo estaba aburrida de quedarse en casa.

—¡No necesitas trabajar! El lugar de una esposa está en la casa, al cuidado del hogar —gritó Anton, cada vez más furioso.

—Pero...

—¡Me voy! —la interrumpió Anton con brusquedad. Tomó su maletín y salió furioso hacia su auto.

Ni siquiera comió nada del desayuno que Selena le preparó con esmero.

Selena solo se le quedó viendo a la nube de polvo que dejaron las llantas del auto de su esposo antes de volver la mirada al desayuno intacto sobre la mesa del comedor.

Dejó escapar un suspiro. Se arrepintió de haber sacado el tema de volver a trabajar.

Dos años atrás trabajaba como supervisora de marketing en una empresa. Sin embargo, tras casarse, renunció a petición de su esposo.

Al principio disfrutaba de su vida como ama de casa, pero con el tiempo el aburrimiento empezó a afectarle. Para colmo, Anton nunca le daba espacio para ser ella misma. Tenía prohibido darse gustos, ya fuera ir a un salón de belleza o siquiera tomarse un café a solas.

La situación se volvía aún más difícil cuando de vez en cuando se cruzaba con sus amigas de antes, que siempre hablaban con orgullo de sus logros profesionales. En cambio, ¿qué tenía ella?

Selena tenía veintitantos y un título universitario. Tras graduarse, trabajó durante un año antes de casarse. Con el paso del tiempo, se sentía cada vez más sola. Su soledad se debía sobre todo a que, tras casi dos años de matrimonio, aún no habían tenido hijos. De tener uno, tal vez la soledad sería más llevadera.

—Ah, el arrepentimiento siempre llega tarde. Debí haber seguido con mi carrera en ese entonces —murmuró Selena. Se dejó caer en el sofá y encendió la televisión. Así era como se le iban las horas.

De pronto, el teléfono sobre la mesa sonó. Sin ganas, Selena lo tomó y vio que era una llamada de Anton.

—Dime —contestó Selena sin entusiasmo al escuchar su voz al otro lado de la línea.

—¿Dónde estás? —preguntó Anton con aspereza.

—En casa.

—Mi jefe, el señor Harris Robinson, vendrá a nuestra casa esta noche. ¡Prepara una cena, que esté buena, y asegúrate de que la casa quede impecable y ordenada! ¡No seas floja!

Así era Anton. Cada palabra que salía de su boca era una orden. Trataba a Selena como si fuera una sirvienta.

Sin embargo, antes de casarse, él era muy atento y paciente. Ahora había dado un giro de ciento ochenta grados. Para él, una buena esposa era aquella que destacaba en la cocina, se encargaba a la perfección de los quehaceres del hogar y lo complacía en la cama sin quejarse jamás. Solo así la consideraba una “buena esposa”.

—Selena, ¿me estás escuchando? —le dijo Anton al notar que no respondía.

—¿Por qué viene tu jefe a la casa, Anton? —preguntó Selena.

—¡Tú solo haz lo que te dije y no hagas tantas preguntas! ¡Y recuerda no dejarme en ridículo!

¡Clic!

Anton cortó la llamada. Selena miró el reloj de pared. Ya eran las dos de la tarde. Tenía que ponerse a limpiar y cocinar de inmediato.

Poco después, Selena ya estaba atareada en la cocina, alistando los ingredientes para el banquete.

Como el jefe vendría de visita, tenía que cocinar bastante. Por suerte, el refrigerador estaba bien surtido, así que no tuvo que perder tiempo haciendo compras.

Las gotas de sudor le cubrían la frente; ni siquiera se dio cuenta de que tenía el cuerpo empapado. En cuanto terminó de cocinar, Selena, todavía con su ligero vestido blanco de casa, se puso a limpiar.

—¿Por qué siempre tiene que avisarme a última hora? —se quejó Selena mientras cambiaba el mantel de la mesa del comedor por uno limpio.

—¿Cree que preparar una cena es fácil? Mira nada más, ya son las cinco de la tarde —murmuró para sí mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo de papel.

Antes de que pudiera terminar sus labores, sonó el timbre.

—Parece que ya llegó mi paquete. —Selena sonrió.

Dos días atrás había pedido unos productos para el cuidado de la piel y estaba segura de que se trataba de esa entrega. Su rutina de belleza era la única forma en que se consentía; ir a un salón de belleza quedaba descartado, ya que su esposo jamás le daría permiso.

—¡Un momento! —gritó Selena. Se secó las manos en el vestido, se echó un trapo de cocina al hombro y dejó lo que estaba haciendo.

Con paso ligero, Selena caminó hacia la puerta. Abrir paquetes era uno de sus pocos entretenimientos en casa. Selena abrió la puerta y se sorprendió al ver quién estaba de pie en el porche.

No era el repartidor que esperaba, sino un hombre maduro, elegantemente vestido y muy carismático. Selena no supo qué decir. El jefe de su esposo ya estaba parado allí. ¿Anton no había dicho que llegaría más tarde esa noche?

—S-Señor Robinson... —tartamudeó Selena.

De pie en el umbral, Harris le sostuvo la mirada sin pestañear.

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30 chapters
Capítulo 1: Un invitado inesperado
Capítulo 2: Toque Atrevido
Capítulo 3: Elogios para Selena
Capítulo 4: La oferta de trabajo
Capítulo 5: Traición
Capítulo 6: El límite se desvanece
Capítulo 7: Te deseo
Capítulo 8: Señor, estamos en la oficina
Capítulo 9: El Penthouse
Capítulo 10: Es importante para mí
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