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Capítulo 4: La oferta de trabajo
—¿Y bien? ¿Qué dices? —preguntó Harris tras un largo silencio de Anton.

La cara de Anton dejaba claro que no podía negarse.

¿Cómo podría? Durante años, se había matado trabajando e intentado de todo para acercarse al jefe y ganarse su favor. Se había tragado el orgullo y lo había adulado una infinidad de veces solo para que lo tomara en cuenta, pero el ascenso siempre quedaba fuera de su alcance.

Y ahora, con tan solo permitir que Selena trabajara, se convertiría en gerente.

—Primero déjeme hablarlo con Selena.

—Si está dispuesta, que vaya mañana a mi oficina —dijo Harris con una sonrisa serena.

—Entendido, señor Robinson.

Mientras tanto, en la cocina, Selena estaba absorta en sus pensamientos. “¿De verdad debería ser la asistente personal de Harris? Aun así, esta es la oportunidad que tanto esperaba”.

Poco después, Harris se despidió y la pareja acompañó a su distinguido invitado hasta la puerta.

—Dame tu respuesta mañana —le dijo Harris a Anton sin dejar de mirar a Selena.

—Así será, señor Robinson.

***

Más tarde esa noche, en la intimidad de su habitación, Anton estaba cubierto de sudor mientras terminaba de satisfacerse. Selena, en cambio, yacía inmóvil.

Anton se dio vuelta junto a ella, con la respiración agitada. No le importó que Selena ni siquiera hubiera estado cerca de llegar al clímax. Con sus necesidades satisfechas, daba el acto por terminado. Jamás le preguntaba si había quedado satisfecha; para él, no tenía importancia.

—El señor Robinson te ofreció trabajo —anunció Anton cuando por fin recuperó el aliento.

Selena se subió la cobija para cubrirse.

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó ella, haciéndose la desentendida. En realidad, había escuchado buena parte de la conversación.

—Ser su asistente personal —respondió Anton.

—¿Te refieres a su secretaria? —preguntó Selena.

—Sí, eso. Su secretaria titular renunció y la actual solo es una suplente. Quiere a alguien que también pueda ser su asistente personal —explicó Anton.

—Ah —fue lo único que respondió Selena.

La oferta todavía la tenía muy indecisa. La intensa mirada de Harris y aquel atrevido roce de antes la hacían preguntarse si la oferta se debía a sus méritos profesionales o...

—¿Quieres el puesto? —preguntó Anton.

—De todas formas, no me dejarías. Aunque quisiera, no tendría caso —dijo Selena en voz baja.

Anton se quedó en silencio, con la vista fija en el techo blanco. El puesto de gerente era una tentación demasiado grande. ¿Cuándo volverían a ofrecerle un ascenso en bandeja de plata?

—La verdad, creo que deberías aceptarlo —dijo Anton al final.

—¿Qué? —Selena contuvo el aliento y se volteó a mirarlo atónita.

¿Le estaba dando permiso para trabajar? Le parecía muy extraño. Como no había escuchado la verdadera condición que Harris había puesto para el ascenso, el cambio la tomó por sorpresa.

—Acéptalo ahora que estoy de buenas. No hagas que cambie de opinión —añadió Anton.

—¿En serio estás de acuerdo? —insistió Selena.

—Solo ve a verlo mañana —dijo Anton y le dio la espalda para concluir el asunto. A los pocos minutos, sus ronquidos suaves y acompasados llenaron la habitación. Ya se había quedado dormido.

***

A la mañana siguiente...

—Anton, ¿sí estás de acuerdo con que trabaje? —preguntó Selena mientras se miraba por última vez en el espejo.

Vestida con una blusa blanca impecable, pantalones anchos negros y una elegante diadema con lazo blanco, Selena tenía un aspecto muy profesional.

—Deja de hacer tantas preguntas. Si quieres trabajar, ve a trabajar. Ya me duele la cabeza de escucharte quejarte todos los días —dijo Anton.

—Gracias.

—Ajá.

Anton miró de reojo a su esposa. Incluso con poco maquillaje, se veía muy hermosa. Le molestaba por lo posesivo que era, pero enseguida recordó que todo aquello lo beneficiaba. Pronto sería gerente.

Cuando llegaron a la oficina, Anton le señaló dónde estaba la oficina de Harris.

—Que nadie en la oficina se entere de que estamos casados —le ordenó Anton con tono cortante.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Selena, confundida.

—¿Puedes dejar de estar preguntando por todo? ¡No seas tan fastidiosa! —se quejó Anton antes de dejarla allí y dirigirse a su oficina.

Siguiendo las indicaciones que Harris le había dado la noche anterior, Selena llegó frente a una puerta doble con una elegante placa que decía: Harris Robinson, CEO.

Selena tocó la puerta con timidez.

—¡Adelante! —dijo una voz desde adentro.

Selena giró la manija de la puerta y entró en la amplia oficina. Percibió el delicado aroma de las rosas frescas. Al parecer, Harris tenía un lado sorprendentemente femenino.

—¿Selena? —dijo Harris, fingiendo cierta sorpresa al verla llegar.

—Buenos días, señor Robinson. Anton me dijo que buscaba una asistente y me pidió que viniera a verlo —dijo Selena, manteniendo la mirada baja por respeto.

—Sí. Por favor, toma asiento.

Selena se sentó en la silla frente al escritorio, pero sintió que Harris volvía a desnudarla con la mirada.

—¿Conoces las responsabilidades del puesto? —preguntó Harris.

Selena negó con la cabeza.

—Anton solo mencionó que era un puesto de secretaria.

Harris se levantó, rodeó el escritorio y giró la pantalla de la computadora hacia ella; se acercó tanto que Selena sintió su aliento rozarle la oreja.

—Aquí se detallan tus funciones como mi secretaria, como gestionar toda mi agenda —murmuró Harris mientras apoyaba la mano con firmeza sobre su hombro descubierto.

Selena se tensó, incómoda. Harris le masajeó el hombro con los dedos.

—¿Cuánto esperas de sueldo? —susurró Harris junto a su oreja.

—Yo... la verdad, no sé —tartamudeó Selena con el corazón descontrolado.

—No tienes por qué ponerte nerviosa —la tranquilizó en voz baja—. Solo dime cuánto quieres ganar y lo aprobaré.

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