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Capítulo 2: Toque Atrevido
—¿Anton ya está en casa? —preguntó Harris con la mirada fija en Selena.

—N-no, todavía no —respondió Selena, nerviosa.

Se sentía atrapada. Si apartaba la mirada, temía parecer descortés; pero sostenerla podía interpretarse como un desafío, y no podía arriesgar nada que perjudicara la carrera de su esposo.

Harris asintió despacio.

Medía alrededor de un metro ochenta y tenía una mirada penetrante pero cálida, piel clara y unas gafas de sol oscuras. Parecía un actor. Por si fuera poco, su físico era imponente. Sus brazos bien definidos dejaban ver que mantenía una estricta rutina de ejercicio.

Por un instante, Selena no pudo evitar comparar a Harris con Anton. Aunque Anton era atractivo a su manera, era muy perezoso a la hora de hacer ejercicio. En vez de un abdomen marcado, ya empezaba a sacar algo de panza cervecera.

Selena conocía a Harris desde la universidad; él había sido estudiante de último año en su carrera. Durante los cursos de orientación de recién ingreso, la había hecho llorar, porque incluso en su último año se entretenía molestando a los recién llegados.

—Ejem. —Harris se aclaró la garganta al ver que Selena se quedaba inmóvil frente a él. Siguió recorriéndola con la mirada, como si la desnudara.

Fue entonces cuando Selena se dio cuenta de que su vestido era muy fino y estaba húmedo por el sudor.

La silueta de su sostén rojo se marcaba con claridad bajo la tela blanca y transparente. Selena bajó la mirada al darse cuenta de que era demasiado tarde para disculparse e ir a cambiarse. Se cruzó de brazos para cubrirse el pecho, pero fue inútil; Harris ya había visto todo.

—¿Puedo pasar? —preguntó Harris.

Selena solo asintió.

—Por favor, pase.

Se hizo a un lado para dejarlo pasar y notó que el jefe de su esposo le sonreía con complicidad.

—Por favor, tome asiento.

—Gracias. Había quedado con Anton para más tarde, pero estaba por el vecindario y pensé en pasar temprano —dijo Harris mientras se acomodaba en el sofá de la sala.

Selena solo asintió, sin saber qué decir.

—Póngase cómodo. Iré un momento a la cocina —dijo Selena.

—Lamento la molestia.

—Para nada —respondió Selena al darse la vuelta para irse.

—Anton me comentó que antes trabajabas, ¿es cierto? —preguntó Harris, con la clara intención de detenerla.

Selena asintió.

—Sí, así es.

—¿A qué te dedicabas?

—Era supervisora de marketing —respondió Selena con la mirada algo perdida.

Cada vez que salía a relucir su antigua profesión, Selena se entristecía. Harris lo notó y le sonrió como si la comprendiera.

—Qué lástima.

—¿A qué se refiere?

—Bueno, una mujer tan hermosa e inteligente como tú no debería estar encerrada en casa. Deberías haber tenido la oportunidad de llegar a lo más alto de tu carrera profesional —dijo Harris, mirándola con fijeza—. Eres muy inteligente. Recuerdo que en la universidad tus calificaciones perfectas asombraron a todos en el departamento. Hasta los profesores te comparaban con nosotros, que íbamos en cursos superiores. Ahora estás casada y no trabajas. Si no hubieras renunciado, estoy seguro de que a estas alturas tendrías mucho éxito —continuó Harris.

—Eso fue hace mucho tiempo. Con permiso.

Selena se retiró a la cocina; le temblaban las manos mientras comenzaba a preparar una bebida. Selena no podía dejar de pensar en las palabras de Harris.

Sacudió la cabeza para despejar la mente. Había aceptado ser ama de casa. Tenía que enterrar su deseo de trabajar; ahora no era más que un sueño inalcanzable.

Pero ¿ser ama de casa de tiempo completo la hacía sentir realizada? No lo sabía. Vivía como una prisionera.

—¿Qué debería prepararle para beber? —murmuró Selena, aturdida—. Por lo general, a los hombres les gusta el café negro —se dijo.

Mientras preparaba la taza de café, pensó: “Ni siquiera es tan mayor. Todavía se ve muy joven y apuesto. Igual que antes... aunque en ese entonces era insoportable”.

—En fin, que sea café. Si no le gusta, es su problema. Además, ¿quién le manda a llegar tan temprano? —murmuró Selena.

Poco después, el delicioso aroma a café impregnó la casa. Selena salió con una bandeja y la taza humeante, todavía con el mismo vestido blanco ligero y sin mangas.

—El café huele delicioso —elogió Harris.

Selena sonrió con incomodidad. Para su sorpresa, Harris se puso de pie y se acercó. Al tomar la taza para dejarla en la mesa, le rozó la mano y no la apartó.

—Cuidado, está caliente. No quiero que se derrame —murmuró Harris mientras le sostenía la mano con firmeza.

El contacto estremeció a Selena como una descarga eléctrica. Harris no la soltó; al contrario, su mano comenzó a subirle por el brazo.

Sobresaltada, Selena retrocedió unos pasos, pero chocó de espaldas contra el sofá. Estaba atrapada y Harris invadía su espacio personal.

Harris sonrió lentamente. Su mano siguió subiendo, pero antes de que alcanzara a tocarle el hombro...

¡Ding-dong!

¡Ding-dong!

Sonó el timbre y Selena dejó escapar un enorme suspiro de alivio. Harris regresó a su asiento con una sonrisa burlona. Antes de sentarse, se inclinó hacia ella y susurró:

—Sigues siendo tan hermosa y encantadora como en ese entonces.

Con la cara encendida, Selena se apresuró a abrir la puerta. Mientras tanto, Harris fingió concentrarse en su celular, aunque en ningún momento le quitó los ojos de encima.

Cuando Selena abrió la puerta, su esposo estaba parado allí, con la cara marcada por el cansancio y el enfado.

—¿Por qué tardaste tanto? ¿Qué estabas haciendo? —le reprochó Anton.

Selena se paralizó de pánico ante la idea de que su esposo descubriera lo que acababa de pasar. También estaba confundida y se preguntaba por qué estaba cerrada la puerta principal. Había un invitado adentro y, aun así, no recordaba en qué momento la había cerrado.

—Lo siento, Anton...

—¿Ya está todo listo? No me vayas a hacer quedar mal. Es la primera vez que el jefe viene de visita —insistió Anton, buscando que Selena lo tranquilizara.

—Tu jefe ya está aquí —respondió Selena en voz baja.

—¡¿Qué?! —exclamó Anton, asustado de que su jefe hubiera llegado antes de tiempo.

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