389. El arte de poseer a un dios.
Narra Tomás Villa.
La habitación está en silencio. Un silencio espeso, casi religioso.
Solo se escucha el leve goteo de suero, el roce del oxígeno artificial filtrándose por la cánula nasal, el roce imperceptible de las sábanas al moverse apenas con su respiración.
Él —Ruiz— duerme.
Pero yo no.
Me acerco en puntas de pie. No porque tema despertarlo. No. Sino porque se trata de un ritual. De un acto de reverencia.
Mi sombra lo cubre antes que mi cuerpo lo alcance. Me inclino, sin tocarlo, pero s