34. El hombre que guarda los secretos.
Narra Lorena.
No hace frío, y sin embargo, tiemblo.
Las sábanas todavía huelen a su piel, al sudor mezclado con deseo, a la tensión que me arrastró hasta ese escritorio, hasta sus manos, hasta esa confesión maldita.
Pero no es por eso que tiemblo.
Es porque algo, en algún rincón que no logro ubicar del todo, empieza a resquebrajarse. Como si hubiera un leve crujido en los cimientos, uno que solo yo puedo oír. Y me está volviendo loca.
Ruiz no me dijo nada más. Se vistió en silencio, me dejó con