324. La grieta en la celda.
Narra Lorena.
No hay barrotes.
Eso es lo más inquietante.
No hay barrotes, ni gritos, ni ecos húmedos en pasillos interminables.
No hay olor a encierro, no hay mujeres gritándole a la noche desde colchones podridos.
Esto no es una cárcel.
Y, sin embargo, lo es.
Una jaula blanca.
De diseño minimalista.
Con muebles silenciosos.
Con flores frescas cambiadas cada dos días.
Con enfermeras que no visten de blanco, sino de gris claro, con zapatillas suaves, que no hacen ruido al caminar.
No me gritan.