225. El silencio y la tierra.
Narra Lorena.
Las mañanas en este lugar no empiezan con el canto de los pájaros ni con el sol acariciando la piel. Acá las mañanas son abruptas, mecánicas, como un despertador que nunca supe apagar. A las seis en punto, la luz fluorescente del pabellón se enciende como un látigo, y el ruido metálico de las rejas abriéndose marca el inicio de otro día igual al anterior, idéntico al de mañana.
Me levanto con lentitud. Ya no tengo apuro por nada. Mi cuerpo se mueve por costumbre, por obligación, c