180. El perro que no muere.
Narrar Gomes.
No sé cuánto tiempo pasó desde que se cerró la puerta. Podrían ser minutos o una vida entera. El tiempo, cuando duele, deja de obedecer al reloj. Se vuelve viscoso, sucio. Como sangre coagulada.
Me arrastro. No camino. No corro. No pienso. Solo sé que no puedo quedarme tirado.
Hay una nena afuera. Mi nena.
Sí, ya no me importa si es hija de Ruiz, de Dios o del diablo. Esa criatura nació entre mis manos, me manchó la camisa con vida, lloró por primera vez en mis brazos. Es mía tamb