179. La cuna de los lobos.
Narra Lorena.
La escucho.
Esa maldita explosión sorda que no sabés si es un disparo o tu corazón rompiéndose del susto. Me levanté como pude, con la beba en brazos, temblando, el cuerpo aún en deuda con el descanso. Corrí hasta la puerta del cuarto, pero no abrí. Me quedé quieta, los oídos clavados como cuchillos en la oscuridad. Un silencio denso, aceitoso, me cubrió la garganta.
Y entonces, las risas.
Ligeras. Jóvenes. Como si la tragedia fuera un chiste contado en el recreo.
Golpean. Un golp