157. Amarra a la perra y que te muerda luego.
Narra Lorena.
Torrez no se ha ido.
Está ahí, al borde de la cama, con las manos temblando y el rostro marcado por algo que ya no es simple lujuria: es indecisión.
Le he calentado la sangre, pero no le he dado el permiso. Le he besado como se besa a los hombres que vas a traicionar, con la dulzura suficiente para enredarlos, con la mentira exacta para que bajen la guardia.
Lo tengo.
Y lo sé.
—¿Qué esperás? —le digo en voz baja, ronca, con esa garganta que todavía arde por el beso anterior—. ¿Otr