156. La miel con la que enveneno a mis carceleros.
Narra Lorena.
No tengo ni un minuto de descanso.
Ruiz se ha ido, y ya escucho el chasquido de la hebilla en las manos de Torrez. Está de pie junto a la cama, con esa cara de niño satisfecho que acaba de recibir otra golosina por portarse bien. Me observa como si me hubiera ganado. Como si tenerme atada equivaliera a tenerme.
Y yo… sonrío.
Sonrío como si me gustara todo esto.
Como si estuviera agradecida.
—¿Otra vez con las esposas, Torrez? —murmuro, estirando lentamente los brazos por encima de