101. La jaula de terciopelo.
Narra Lorena.
No hay barrotes visibles. No hay cadenas en mis muñecas. Pero el aire aquí dentro pesa como concreto húmedo. El encierro no siempre es un cuarto cerrado. A veces es una voz que te conoce mejor que vos misma, que susurra cosas que quisieras no recordar.
Y Ruiz… él nunca olvida.
Está parado frente a mí como un dios de guerra en su templo privado, vestido de negro, con ese brillo maldito en los ojos que siempre anuncia que algo está a punto de romperse. Tal vez una promesa. Tal vez y