Promesa.

Catalina llegó unos minutos después de la hora al restaurante que Julián la había invitado al llegar de Ginebra. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎

Estaba a las afueras de la ciudad, en una colina rodeada de viñedos. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎

Las mesas al aire libre estaban cubiertas por un techo de luces diminutas que parpadeaban suavemente, como si el cielo hubiera decidido descender un poco para acompañarlos y daba al ambiente un aire sereno y acogedor que hacía olvidar el mundo allá abajo. ‎‍‍‍‍‍‎ ‏‏‎‎

Llevaba un vestido
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