Diré la verdad y nada más que la verdad.
El silencio era tan denso que parecía tener peso propio, como si las paredes del tribunal también contuvieran la respiración junto con todos los presentes.
Nadie se movía, nadie osaba siquiera parpadear.
Incluso los periodistas, que minutos antes grababan con sus teléfonos, los bajaron lentamente, deseando ver con sus propios ojos lo que estaba sucediendo.
Lo que acababan de presenciar era histórico: el derrumbe público y definitivo de uno de los hombres más poderosos