Maldita traidora.

Luciano se levantó de golpe, derribando la silla en su movimiento violento, haciendo caso omiso a las advertencias de su abogado. ‎‍‍‍‍‍‎

—¡Mientes! —rugió con su voz llena de rabia y miedo, como un animal acorralado que se defiende con desesperación. ‎‍‍‍‍‍‎

—¡Señor Moreau, siéntese de inmediato! —ordenó el juez, golpeando el mazo con fuerza. ‎‍‍‍‍‍‎

Luciano se detuvo, respirando agitadamente, con las manos temblorosas y el rostro desencajado, pero obedeció mientras Duval lo empujaba suavem
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