Julian estaba semidormido, el suero corriendo. Sus últimas palabras, "Es el único que estuvo con mi padre la noche que murió," crearon un silencio atronador. Yo lo miré, mi mente retrocediendo al convento, a los años que me moldearon.
El Convento de Santa Ágata no era un refugio común como los otros, era una maldita incubadora. Yo llegué aquí a los diez años, después de que mi padre, un pequeño traficante de joyas en el sur, quedara arruinado por una mala negociación con los capos. Las monjas, lideradas por el Padre Mateo, no me enseñaron la fe, me enseñaron la supervivencia.
Recordé las frías clases de latín y contabilidad, donde Mateo me instruía a solas. “El poder, Agustina, es la información que otros no se atreven a escribir.”
Mi familia no pagó su deuda con dinero. La pagó conmigo. Mateo negoció mi salida del convento directamente con Abietti, presentándome como una "joven ambiciosa y bien educada." Fui un caballo de Troya enviado al Palacio Vermilion. Mi matrimonio no fue un co