Julian estaba semidormido, el suero corriendo. Sus últimas palabras, "Es el único que estuvo con mi padre la noche que murió," crearon un silencio atronador. Yo lo miré, mi mente retrocediendo al convento, a los años que me moldearon.
El Convento de Santa Ágata no era un refugio común como los otros, era una maldita incubadora. Yo llegué aquí a los diez años, después de que mi padre, un pequeño traficante de joyas en el sur, quedara arruinado por una mala negociación con los capos. Las monjas,