La noticia de la prueba de Baldi y su propuesta de traición había enfriado el fuego entre Julian y yo. La tranquilidad del jardín se desvaneció, reemplazada por la urgente necesidad de estrategia. Pero antes de sumergirnos en la guerra, Julian se detuvo.
—Necesitamos a Pietro —dijo Julian, su voz carecía de la brutalidad que había usado para arrastrarlo fuera de la cafetería—. Lo necesitamos como aliado. Si lo tratamos como un peón, huirá.
Ambos bajamos al sótano de la villa de Enrico. La zona de servicio era limpia, pero fría. Pietro estaba acurrucado en una cama improvisada, la expresión de terror petrificada en su rostro. Parecía un niño, no un hombre de dieciocho años.
Recordé mi propia infancia en el convento, la sensación de ser una propiedad intercambiable. Esa empatía, rara en mí, me hizo avanzar.
Dejé una bandeja de pasteles de nata y una botella de agua sobre la mesita. El dulce aroma lisboeta no encajaba con la atmósfera del sótano.
—Pietro. No vamos a hacerte daño. Si qui